Hay pérdidas que llegan de una forma inesperada: con una llamada, una noticia, puertas que se cierra, amores que se van. Y hay otras que llegan en silencio: un diagnóstico, una ausencia que se instala, un “ya no te quiero más en mi vida”. Todas, de alguna manera, nos rompen por dentro. El mundo sigue girando, pero nosotros caminamos por inercia, un tanto perdidos.

Primero viene el golpe. Y con él, esa extraña culpa de seguir respirando y empezamos a cuestionarnos por qué no hicimos algo más, por qué no nos quedarnos un poco más. La memoria se vuelve una cómoda con cientos de gavetas que no queremos abrir. Pero abrir no es traicionar: es empezar a recordar sin que duela tanto.

Después llegan los días grises. Esos en que la ausencia pesa más que cualquier palabra. No hay fórmulas. A veces se sobrevive con lo pequeño: una ducha, una sopa caliente, una canción, un mensaje que contestamos a medias. Llorar no es retroceder; es una forma de soltar lo que tanto duele en el pecho.

Y entonces, casi sin darnos cuenta, aparece un gesto mínimo: una risa que nos sorprende, una canción que ya no evitamos, una foto que miramos sin rompernos. No significa que la pérdida se haya ido. Significa que aprendimos a cargarla de otra manera. A veces, sobreponerse es eso: no borrar, sino integrar. Darle un lugar a lo que faltó, sin que ocupe toda la casa.

Con el tiempo entendemos que sobreponerse no es olvidar. Es recordar con más ternura que dolor. Es agradecer lo que hubo, sin negar lo que no pudo ser. Es reconocer que una pérdida puede dejar una grieta… y que por esa grieta también entra la luz.

Si hoy estás en medio de la ausencia, no te apures. La reconstrucción no tiene fecha. Se hace paso a paso, es como aprender a caminar de nuevo: mirando al suelo, luego al horizonte. Y un día, sin hacer ruido, te descubres escalando de nuevo la montaña, ya con un matiz distinto, más profundo, más humano. Y que lo perdido, de alguna forma, también camina contigo.

Yely Pupo
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Por Yely Pupo