El dengue no empieza cuando aparece la fiebre o el dolor detrás de los ojos. Empieza desde antes, en un patio donde se acumula el agua, en un tanque mal tapado, en una canaleta obstruida, en la basura que espera demasiado por ser recogida. Por eso, hablar de su impacto es hablar también de sus causas: no solo del mosquito, sino de los residuos, el calor, las lluvias. En nuestra comunidad, como en tantos lugares, el Aedes aegypti encuentra oportunidades y debemos ser concientes de ello. El dengue es, en ese sentido, un espejo de nuestras condiciones y de nuestras prácticas.
Su impacto no se mide solo en consultas o ingresos. Se percibe en una casa cuando hay alguien enfermo, se percibe en el familiar que está a su cuidado, con el trabajo que no se puede cumplir; en las clases que se pierden; en los gastos imprevistos; en el miedo y la ansiedad de ver a un ser querido en una cama.
Lo interesante es que el dengue nos obliga a pensar en colectivo. No se resuelve solo con fumigación ni con campañas puntuales. Necesita agua almacenada correctamente, de la recogida oportuna de los residuos, comunicación sin cansancio y confianza entre vecinos e instituciones. En una ciudad conocida por su humor, el dengue no da risa: nos interpela. Cada tanque tapado, cada esfuerzo compartido es un acto de salud pública. El mosquito no respeta fronteras de patio; tampoco debería hacerlo nuestra responsabilidad.
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