El 29 de octubre de 1897, en plena Guerra Necesaria, la manigua cubana vivió uno de sus momentos políticos más trascendentales: la Asamblea Constituyente de La Yaya aprobó la Constitución de la República de Cuba en Armas.

Reunidos en el campamento de La Yaya, en territorio camagüeyano, los representantes del Ejército Libertador enfrentaron una tarea tan compleja como urgente: organizar jurídicamente la República mientras la guerra continuaba. No se trataba solo de redactar artículos y establecer cargos; era demostrar que Cuba luchaba por una nación soberana, con instituciones, derechos y principios propios.

La Constitución de La Yaya sustituyó a la de Jimaguayú y reafirmó el propósito independentista de la revolución. En sus postulados defendió la libertad, la igualdad y la abolición definitiva de la esclavitud. También definió las relaciones entre el poder civil y el mando militar, un asunto esencial para garantizar la unidad de la lucha y evitar que las armas estuvieran por encima de la voluntad de la República.

En aquel escenario humilde, rodeado de monte, campamentos y hombres armados, nació un documento de enorme alcance. Mientras en los campos se combatía con machetes y fusiles, en La Yaya se combatía también con ideas. Cada artículo expresaba la voluntad de un pueblo que no quería cambiar simplemente de gobernantes, sino conquistar la independencia y construir una patria libre.

La aprobación de la Constitución fue, por tanto, una victoria política y moral. Cuba demostraba ante sus enemigos y ante el mundo que el Ejército Libertador no era una fuerza improvisada, sino la expresión organizada de una nación en armas.

A más de un siglo de aquel acontecimiento, La Yaya permanece como símbolo de civismo, unidad y compromiso. Allí, en medio de la guerra, los cubanos comprendieron que la independencia no se alcanza únicamente en el campo de batalla: también se defiende con leyes, principios y responsabilidad histórica.

Meylin Pérez Guzmán
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