La bicicleta no es solo un medio de transporte ni un deporte extremo, como algunos creen. Es mucho más que eso. Para Lucrecia Mesa Rodríguez se ha convertido en las piernas que a veces no le responden al caminar. A sus 74 años, demuestra que la edad no es un límite cuando la voluntad se impone. Detrás del manubrio, esta mujer pedalea con la fuerza de quien se niega a detenerse.
“Me llamo Lucrecia y vivo aquí en San Antonio de los Baños. Soy una montadora de bicicleta desde los 14 años; mi papá fue quien me enseñó. Y claro, como todo el que empieza, tuve varias caídas, me raspé la rodilla y hasta le cogí miedo, pero seguí montando hasta el día de hoy, que tengo 74 años.
Mis pies son mi bicicleta; no me puede faltar. En ella voy a lugares lejanos, resuelvo todos mis problemas: busco la comida, las medicinas, visito a mis amistades. Sin ella, no haría todo lo que hago.
Recuerdo que mi bicicleta solía ser una bicicleta china, pero después de tener un accidente, le quité los frenos de las manos y le puse la masa (el freno de contrapedal) de una bicicleta rusa. Desde entonces freno con los pies y me siento más segura. No te voy a negar que la sensación de haber mirado a la muerte a los ojos fue aterradora.
Exhorto a los abuelitos de mi edad: si tienen una bicicleta tirada en casa, que la limpien, le den mantenimiento y empiecen a usarla, por supuesto, si la salud se los permite. Montar bicicleta nos devuelve independencia, autonomía, nos ayuda a practicar deportes y a sentirnos útiles”.
Lucrecia es un recordatorio vivo de resiliencia. Su ejemplo nos enseña que nunca es tarde para avanzar, que la vida sigue mientras tengamos el deseo de movernos. Con sus 74 años a cuestas, nos demuestra que detrás del manubrio no solo se encuentra el equilibrio: también se encuentra la libertad.
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