Ella camina por las calles, bajo un sol de verano que dibuja sombras en los adoquines, en la mano su viejo teléfono, no es un aparato cualquiera: es su libreta de anotaciones, su micrófono, su herramienta de trabajo. Amanda tiene 25 años y es periodista radial. De esas que creen que la verdad se encuentra en la pausa de una conversación sincera.

Desde hace algunas semanas investiga historias de personas comunes, de un barredora de calles, de una persona con sordoceguera, de una maestra de escuela primaria pero su instinto la llevó esta vez hasta la señora Caridad, una anciana de 75 años que transformó un solar lleno de basura en un huerto que da de comer a todo un vecindario. Hoy Amanda se sienta frente a ella, a la sombra de una mata de guayaba, muy cerca del río que da de beber a la plantación. Coloca el teléfono cerca de la entrevistada, pulsa el botón rojo del grabador y escucha con atención a la anciana mientras la mira a los ojos.

La conversación fluye, de fondo los pajaritos, la brisa entre las hojas de los árboles, la señora Caridad habla de tomates, de solidaridad, de cómo enterró sus tristezas entre las raíces. Amanda apenas pregunta; escucha. Se le humedecen los ojos cuando la anciana confiesa que el huerto le devolvió las ganas de vivir, esas que se fueron el día en que su único hijo, tiró con fuerza la puerta de la casa y juró nunca más regresar. El teléfono guarda cada palabra, cada emoción, donde las personas cuentan sus vidas, a veces duras, a veces tristes, siempre admirables.

De regreso a la emisora, en la pequeña sala de edición, entre monitores y consolas, vacían el material. La editora, mujer con manos de cirujana, limpia el audio, pule los silencios. Lo que sale al aire no es un reportaje adornado: es la vida misma, contada con la delicadeza de quien entiende el periodismo como acto de servicio.

La historia de vida se emite un viernes al atardecer. La voz de Amanda suena serena, y la historia de la señora Caridad entra en los hogares como una brisa limpia. Esa noche, alguien apaga la radio y se queda pensativo. Escuchó cada palabra con atención, con nostalgia y con cierta tristeza.

A la mañana siguiente, Amanda encuentra un sobre sin remitente en su escritorio. Dentro, un pequeño ramo de albahaca envuelto en un papel escrito. La lee y el corazón le da un vuelco.

«Amanda:
Anoche escuché su reportaje. Algo en su voz me detuvo, luego la escuché a ella. Caridad me removió el alma, al escucharla hablar del solar, de los tomates, de cómo sobrevive con la ausencia de su hijo, lo entendí todo. Esa mujer de la que usted habla con tanta admiración, es mi vieja madre. Ocho años sin hablarnos. Esta mañana la llamé. Voy a verla, con un ramo de albahaca, como a ella le gusta.
Gracias por devolverme su voz. Gracias por recordarme
quién soy.»

Amanda relee la nota, acaricia la albahaca y sonríe con lágrimas que no seca. Guarda el papel como un gran tesoro, respira hondo y sale a la calle. La ciudad es la misma, pero ella camina distinta. Acaba de presenciar el homenaje más hermoso que una periodista puede recibir: la certeza de que su trabajo no solo cuenta el mundo, sino que a veces lo remienda.

Yely Pupo
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Por Yely Pupo

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