Hay vidas que parecen imposibles. Vidas que, contadas de prisa, suenan a leyenda. Pero Rosa Amelia Moya Castellanos fue real, de carne y hueso, y su historia sigue encendida como un faro en la niebla.
Vino al mundo el 5 de enero de 1950, en un campo de Santa Cruz del Sur, Camagüey. Familia campesina, nueve hermanos. Tres de ellos, incluida Rosa Amelia, ciegos. La pobreza apretaba, pero el espíritu de aquella niña era de un material distinto.
Corría 1961, el Año de la Alfabetización. Con apenas once años, hizo su primera revolución íntima: marchó a La Habana e ingresó en la escuela Abel Santamaría. Allí sus dedos despertaron sobre el papel punteado. El Braille fue su primer grito de independencia. Luego vendría el sexto grado, el Hogar Industrial Sierra Maestra, y un destino que nadie imaginaba: aprender a afinar pianos, lo hacía guiada por la vibración exacta de cada cuerda. Así ejerció en Camagüey, hasta que en 1973 el amor le cambió el rumbo. Se casó, tuvo dos hijos y los crió con una entereza que asombraba. La vida la llevó al poblado de la Salud, en la entonces provincia de La Habana. Allí fue artesana, engavilladora de tabaco. Todo lo que otros llamaban limitación, ella lo convertía en oficio.
Militante de la Unión de Jóvenes Comunistas y después del Partido, fundadora de la ANCI, Secretaria Provincial de Cultura, Coordinadora de la atención a sordociegos… pero su obra maestra estaba por llegar.
En 1979 viajó a San Antonio de los Baños. Hizo un curso de bibliotecaria y descubrió su misión: abrir puertas. El 1 de agosto de 1981 fundó el Área Especial de Lectura para ciegos en la biblioteca José María Martínez, de Bejucal. Durante 28 años fue el alma de aquel rincón. Transcribió libros al Braille, organizó más de cuarenta concursos, tendió puentes con la escuela Los Pioneritos y con el Centro Nacional de Rehabilitación. Ganó premios literarios dentro y fuera de Cuba, publicó el libro La Única Luz.
A ese libro se sumaron otros textos que nunca llegaron a publicarse. Dos testimonios íntimos: «A creer», donde narró su infancia, y «La palabra maravillosa», que recoge el duro camino desde que se quedó sordociega hasta que recuperó la audición. También escribió obras de teatro que su hija entregó en la casa de cultura de Bejucal, con el sueño de que alguna vez subieran al escenario.
Y entonces llegó la prueba más dura. Abril del año 2000: Rosa Amelia se quedó completamente sorda. Oscuridad y silencio, juntos. Muchos se habrían rendido. Pero ella no. Siguió yendo a la biblioteca, comunicándose con métodos alternativos, aferrada a su gente. El 21 de octubre recibió un implante coclear. Un mes después, el milagro de la tecnología y de su voluntad le devolvió el sonido. Se rehabilitó hasta dominar cada gesto cotidiano.Representó a Cuba en Colombia, en Ecuador y en un evento internacional en San Antonio de los Baños. La Escuela Hilton-Perkins de Estados Unidos la reconoció. Vilma Espín firmó un diploma con su nombre. Pero su mayor conquista nunca necesitó vitrina: fue la dignidad.
En sus ratos libres, en las reuniones de la ANCI, en la biblioteca, sus manos nunca se quedaban quietas. Tejía a dos agujas con la misma precisión con que afinaba pianos: suéteres, abrigos, vestidos para las niñas. Crear era su forma de respirar.
El 4 de junio de 2014, una penosa enfermedad la apagó físicamente. Pero hay luces que no se extinguen. Rosa Amelia permanece en cada página en Braille, en cada sordociego que encontró un camino gracias a ella.
Hoy, 27 de junio, no es día de lástima. Es día de aplaudir a quienes demuestran que se puede ver sin ojos y oír sin oídos. Que se puede, sencillamente, habitar el mundo con el corazón encendido.
Últimas entradas de Yely Pupo (ver todo)
- Honrar honra, historia de un club - 17 de julio de 2026
- La lectura: un puente hacia la imaginación, el conocimiento y la libertad - 15 de julio de 2026
- Raíces que vuelven a casa - 13 de julio de 2026

