La indisciplina social es la ausencia de las buenas costumbres y la práctica de conductas irrespetuosas hacia los demás. Cuando estos comportamientos se normalizan, se rompe toda posibilidad de convivir en armonía con quienes nos rodean, adoptando diversos rostros, como por ejemplo: el uso de palabras obscenas en plena vía pública, los escándalos que alteran la tranquilidad de los vecindarios, el robo o el maltrato a la propiedad social como si careciera de valor y hablo de espacios como los gimnasios biosaludables, donde tantas personas van a ejercitarse. Todo esta cadena de indisciplinas conforma un marcado deterioro social que deja huellas visibles y podemos presenciarlo a cualquier hora y en cualquier lugar.
Otro ejemplo común es la música estridente, justo en esos momentos en que el cuerpo y la mente piden descanso a gritos, y el respeto al sueño ajeno simplemente no es una opción para algunos. Y qué decir de esas personas que se cuelan donde hay otras que llevan mucho tiempo esperando a ser atendidos, ya sea en una cola del banco, en la del correo, para entrar a ETECSA o en cualquier otro sitio donde haya conglomerado de personas. Se cuelan y lo hacen a la cara del cubano como si su tiempo valiera más que el de los demás.
Pero ahí no termina la cosa. ¿Cómo entender que haya ciudadanos capaces de hacer sus necesidades fisiológicas en lugares públicos? Pongo otro ejemplo concreto para ubicarnos rápidamente: En más de una ocasión he visto los alrededores de la iglesia católica en el Parque Camilo Cienfuegos convertido en un foco de pestilencia. Es triste y además vergonzoso. Lo mismo sucede cuando se arroja basura en cualquier lugar —un río, una playa, junto a una parada o en las tantas esquinas de nuestro municipio—; el mensaje sigue siendo el mismo: indolencia y falta de empatía por lo que nos rodea .
Y qué decir del agua que corre sin fin por las calles, que muchas veces viene de un tanque elevado, o de una pila que dejaron abierta, y por el rumbo que vamos, el agua tiene sus días contados en la tierra, ya me imagino las guerras entre países, por este preciado líquido.
Frente a toda esta panorámica, la familia cobra una importancia significativa. De nada sirve indignarnos en la calle si dentro de casa no predicamos con el ejemplo; si toleramos que el niño lance basura desde el balcón, o si le enseñamos a que ser «pillo avispado o vivo» es sinónimo de colarse en la fila del pan porque «no tengo tiempo ni paciencia para esperar a que pase todo ese tumulto de gente”. Educar en el respeto es enseñar que los lugares públicos también son parte de nuestra casa.
Urge que cada familia tome cartas en el asunto y corrija antes de que se conviertan en costumbre. Que la expresión “esto no se hace” también sea una guia para los pequeños y adolescentes que como padres tenemos el deber de educar, y así evitar que repliquen estos comportamientos negativos. La sociedad que anhelamos tener no es una utopía; se construye, sobre todo, puertas adentro. Esa responsabilidad empieza en cada uno de nuestros hogares. Así de sencillo, así de fácil. Piénsalo.

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