San Antonio de los Baños, Artemisa, Cuba. –  La provincia más joven de Cuba, nació en 2011 con la ilusión de escribirse un destino propio. Pero la geografía se impone: en apenas una década, dos huracanes pasaron factura.

En 1926, el ciclón entró por el Cajío con fuerza bestial; en 1944, penetró por San Cristóbal y empujó el mar diez kilómetros tierra adentro.

No siempre el peor ciclón es el de los vientos más furiosos. En 1979, Frederic nos enseñó que el agua también sabe ser cruel. Fue de poca intensidad, pero tan terco y lluvioso que durante días convirtió las calles en ríos. Ceiba del Agua y San Antonio de los Baños quedaron bajo un silencio de agua estancada, con vecinos en balsas improvisadas y la vida suspendida entre el croar de los sapos.

En 2004, Charley nos dejó una cicatriz imborrable. Con vientos de más de 180 kilómetros por hora y rachas de hasta 214, barrió la vegetación. Su vórtice penetró de madrugada entre Guanímar y Cajío, y salió por Mariel transformando el paisaje en un páramo desolado.

Ya como provincia, la naturaleza puso en nuestro camino otros huracanes. Irma, en 2017, nos engañó: todos mirábamos al norte, pero el mar no entiende de pronósticos. El Golfo de Batabanó se levantó como un animal descontrolado y se tragó la tierra. En Surgidero, un viejo pescador amarró su bote al poste y vio el agua cubrirlo todo. Al amanecer, solo un silencio húmedo y salado, lleno de ruinas.

Cinco años después, Ian, categoría tres, entró por el sur y se ensañó con Bahía Honda. La tierra roja del tabaco tembló. En San Antonio, las casas de curar —esas grandes construcciones de madera donde la hoja descansa para hacerse aroma— se deshicieron como papel mojado. La capital quedó apagada: un barco fantasma envuelto en una oscuridad tan densa que hasta el miedo se escuchaba.

Pero justo en esa noche sin luz, Artemisa mostró lo mejor de su gente. Jóvenes subieron a los techos con lonas para tapar los huecos. Vecinas repartieron café caliente, como si el fin del mundo mereciera un brindis. Personas que apenas se saludaban compartieron velas, manos cálidas y abrazos largos, de esos que sostienen. Fue la noche más oscura, pero también la más luminosa.

Cuando aún nos recuperábamos, llegó Rafael en 2024. Categoría tres, entró directo por el Cajío —el mismo camino de viejos fantasmas— y atravesó la provincia con furia. Arrancó techos recién reparados, derribó torres y otra vez nos dejó a oscuras, con la angustia del amanecer incierto.

Pero ya conocíamos la lección. Aprendimos, golpe tras golpe, que podar los árboles a tiempo salva cables y vidas. Que la Defensa Civil es esa voz amiga que recorre casa por casa. Que la radio es la mejor compañía. Aprendimos que lo material se pierde en minutos, pero la fraternidad florece entre escombros y abrazos. Eso no lo derriba ni el más furioso de los ciclones.

Yely Pupo
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Por Yely Pupo

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