La realidad de nuestro pueblo se ha vuelto dolorosamente clara. No hace falta mirar estadísticas ni informes oficiales: basta con asomarse a las extensas colas, contar las horas sin servicio eléctrico o hacer cuentas con un salario que no alcanza. La escasez de alimentos, la falta de efectivo y los cortes de luz son un denominador común que no le es ajeno a ningún rincón de Cuba. Esa es la verdad que duele, y que compartimos.
Pero en medio de este panorama desolador, hay un escenario paralelo donde también nos jugamos el alma: las redes sociales. Facebook, en particular, se ha convertido en esa arma de doble filo y de doble moral donde el descontento, en lugar de servir para construir, a menudo se convierte en un ring de insultos, reclamos y palabras inapropiadas contra instituciones o contra nuestros propios vecinos.
Y aquí quiero detenerme, porque el tema central no es solo quejarnos. Necesitamos concientizar cada palabra que decimos, cada dedo que teclea. He seguido con atención la feroz batalla que se libra, más que entre los circuitos 3220 y 1940, entre la gente que vive en esas zonas. «Que si aquel tiene más luz», «que a los fulanos les dan preferencia»… En fin, un mar interminable de reclamos y quejas que se extienden como pólvora en el muro digital. Y mientras unos discuten, los segundos pasan y la oscuridad sigue siendo la misma para todos.
No es menos cierto que la realidad es insostenible. El déficit de generación eléctrica es real, y afecta a más de diez pueblos diarios en la provincia. Eso es un hecho objetivo que no podemos maquillar. Pero también es cierto que, dentro de esa adversidad, nos queda la opción más humana: la solidaridad.
Porque si algo nos ha enseñado esta isla de resistencia es que sobrevivimos cuando nos unimos. En estos tiempos de apagones, ser solidarios es cargar el móvil del vecino que no tiene corriente, prestar la linterna, compartir una vela o, simplemente, sentarnos a conversar para aliviar el peso de la noche. Ese gesto, pequeño pero inmenso, es lo que nos mantiene erguidos.
No nos enfrentemos unos a otros. Si permitimos que el rencor se instale en nuestra propia acera, entonces el verdadero enemigo no será el de las 90 millas, sino el que duerme al lado, el que comparte nuestra misma angustia. Y no podemos, ni debemos, darle ese placer a nadie.
Hoy más que nunca, el termómetro de nuestra cubanía se mide en abrazos y no en reproches. Porque la luz más potente viene de un pueblo que, aun en la penumbra, elige mirarse a los ojos y reconocerse hermano.
Es tiempo de ser más solidarios que nunca.
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