En el invierno neoyorquino de 1889, lejos del sol de Cuba, un hombre menudo y de traje negro se sentó a escribir para los niños de todo un continente. No tenía juguetes ni riquezas que ofrecer, pero sí un tesoro más duradero: palabras. Así nació La Edad de Oro, un milagro hecho libro, de José Martí, hoy cumple un aniversario más.
En sus páginas viven historias que son semillas. Ahí está “Tres Héroes”, donde Bolívar, San Martín e Hidalgo no son estatuas de mármol, sino hombres de carne y luz que nos enseñan que la libertad se conquista con el sacrificio y se guarda con la honradez.
 Ahí está “Meñique”, el niño pequeñito que, con su astucia, vence al gigante, recordándonos que la inteligencia es más poderosa que la fuerza bruta.
Ahí también está Piedad, la niña de “Los zapaticos de rosa”, que se descalza en la playa para regalar su lujo a una pequeña enferma, y en ese gesto tan pequeño cabe toda la solidaridad del mundo.
Encontramos el relato de una niña que ama a su muñeca negra y rechaza las de porcelana rubia, proclamando, sin gritos, que el amor no entiende de colores ni de razas, sino de almas.
En cada cuento, en cada verso, en cada rincón de este libro, la labor de Martí brilla intrínseca e indeleble. Él no quiso solo entretener; quiso sembrar. Sembrar bondad donde otros siembran egoísmo, sembrar cultura donde otros imponen ignorancia, sembrar justicia donde otros cultivan soberbia. Porque para el apóstol, “ser bueno es el único modo de ser dichoso; ser culto es el único modo de ser libre”.
Hoy, en este nuevo aniversario, La Edad de Oro sigue siendo ese pedacito de sol que Martí nos dejó. Cada vez que un niño abre sus páginas, el apóstol revive. Cada vez que una maestra lo lee en voz alta, su labor de sembrador se cumple otra vez. Este libro no tiene polvo, no tiene olvido. Tiene la edad más hermosa: la edad eterna del alma que amanece. La edad de la esperanza.
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Por Yely Pupo

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