Esa frase, esa simple frase callejera, dio la vuelta al mundo. Y detrás de ella estaba Moisés Simons, un cubano de padre vasco que supo escuchar donde otros solo oían ruido.
Moisés no fue un músico de salón ni un académico encerrado entre partituras. Fue un caminante de la Habana. Un hombre que se detenía en las esquinas, que prestaba oído a los pregones, que entendió que el alma de un pueblo no está en los teatros, sino en el sudor de sus calles.
Y un día, sin aspavientos, se sentó al piano y convirtió el grito de un vendedor de maní en una melodía universal. No fue casualidad. Era un investigador del folklore, un crítico musical, alguien que sabía que lo sencillo puede ser profundo si se mira con cariño.
El Manisero no es solo un son. Es un retrato. Es la esquina, es el calor, es la mano del vendedor midiendo el puñado, es esa mezcla de hambre y alegría que tiene la vida en Cuba. Y el mundo, sin entender la letra, entendió el sentimiento. Nueva York lo bailó, París lo aplaudió, y una isla entera se sintió vista.
Moisés Simons nos dejó hace un 28 de junio, pero su legado no es una fecha en un calendario. Es un recordatorio de que la cultura no está en lo grandioso, está en lo cotidiano. En el pregón de la calle, en el piano de un barrio, en esa chispa que convierte lo humilde en eterno.
Hoy, cuando alguien silba El Manisero, no silba una canción. Silba el mapa de una ciudad, la memoria de un pueblo, y la creencia de que la grandeza, a veces, cabe en un puñado de maní.
Últimas entradas de Dayamí Tabares Pérez (ver todo)
- ¡Maní, maní!… - 30 de junio de 2026
- A disfrutar con cautela el verano - 28 de junio de 2026
- Recreación durante la etapa estival - 27 de junio de 2026

