Si cerramos los ojos y pensamos en un servidor público, seguramente nos vienen a la mente altos dirigentes, ministros o caras conocidas que vemos en la prensa. Pero la realidad es mucho más amplia, y también más cercana. El servidor público es ese maestro rural que madruga para llegar al aula, es la enfermera que atiende en el policlínico del barrio, es el trabajador de la ventanilla única que recibe montañas de papeles, y hasta la persona que elabora las fritas en el kiosco de la esquina. Todos ellos, con sus aciertos y sus limitaciones, son el engranaje que hace posible el día a día de nuestro país.
Y esa responsabilidad es enorme. Porque quien acude a una oficina pública no va por capricho: lleva consigo una necesidad, una preocupación y una esperanza. Atender con respeto, sin discriminación, y buscando soluciones dentro de lo posible, no es un extra, es la primera obligación. La equidad no es tratar a todos igual, sino dar una atención más cuidadosa a quienes más lo necesitan: el adulto mayor, la madre embarazada o con niños pequeños, quienes tienen alguna discapacidad o ese campesino que se levantó de madrugada y viajó horas para resolver su papeleo.
Eso sí, no podemos tapar el sol con un dedo. A veces, por comodidad o por vicios viejos, algún trabajador se excede en sus funciones, alarga los procesos sin motivo o responde con malos modales. Y tampoco falta quien pide un favor extraoficial para adelantar turnos, o quien le da preferencia a los amigos y parientes.
Estas conductas, aunque ocurran en el escalón más cercano al ciudadano, duelen más que las grandes decisiones. Dan sensación de impunidad, de vulnerabilidad, de desorden, y empañan la labor de muchos otros que sí se esfuerzan por hacer bien su trabajo.
La ética del servidor público va más allá de cualquier reglamento. Tiene que ver con algo tan humano como la empatía. Un servidor con empatía no se limita a decir «no es posible» o «vuelva mañana». Intenta explicar el porqué, busca una alternativa, ofrece un consejo o al menos una palabra amable. Sabe que detrás de cada documento hay una historia real: una familia que espera una reparación, un enfermo que necesita un medicamento, un jubilado que no entiende los nuevos procedimientos. Esa sensibilidad no es debilidad; es lo que distingue a un burócrata de un verdadero servidor.
Vivimos en un contexto de limitaciones económicas y de muchas tensiones. Eso puede endurecer a cualquiera. Sin embargo, es precisamente en las dificultades donde más se necesita recordar que el servidor público trabaja para la gente, y no al revés.
Por eso, al preguntarnos a quién servimos, vale la pena mirar más allá de nuestros conocidos. Hay servidores anónimos que, desde su modesto puesto, honran cada día la palabra «público» con honestidad, con paciencia y con corazón.
Al final, un país funciona bien no solo por sus leyes o sus líderes, sino por la calidad humana de quienes, desde lo pequeño, sirven a los demás.
Somos servidores públicos, sí. Pero, sobre todo, somos personas al servicio de personas. Y esa es la brújula que nunca debemos perder.
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