Cuando hablo de igualdad plena de la mujer, no me refiero a un concepto abstracto ni a una cuota simbólica. Hablo de reconocer, cada día, la huella imborrable que las mujeres dejan en cada rincón de nuestra sociedad. Y para eso, pongo los ojos en San Antonio de los Baños.
Allí, en sus centros científicos, hay mujeres —doctoras en ciencias— que investigan, que innovan, que empujan las fronteras del conocimiento con rigor y pasión. Pero también están las que trabajan en los consultorios médicos, atendiendo a la familia con entrega y calidez humana. Y al mismo tiempo, ¿quién protagoniza la limpieza de nuestros parques? Ellas. Son mujeres que barren y embellecen los espacios públicos, desde muy temprano en la mañana Mientras todos duermen, ellas están ahí porque el orgullo por lo colectivo también las define.
La mujer cubana tiene una capacidad increíble para realizar múltiples trabajos a la vez, y por eso merece un lugar destacado en la sociedad. No solo por su eficiencia, sino porque en cada labor pone una mezcla única de amor, inteligencia y resiliencia. Lo veo a diario: cuando el bloqueo nos golpea y escasean los alimentos, ella se las ingenia para elaborar una comida con casi nada. Cuando los problemas de la vida se acumulan —la crianza de los hijos, la educación para que ellos sean hombres y mujeres de bien en el futuro—, ella no se detiene. Lucha. Avanza.
La mujer cubana, la de San Antonio de los Baños, la de Cuba, es un ejemplo de que la igualdad plena no es un favor que haya que concederle: es un derecho que se ganó con sudor, con ciencia, con escoba, con estetoscopio y con ternura. Por eso, reivindicar su lugar en la sociedad no es solo justicia, es también el camino para que nuestro país sea mejor.
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