A veces pensamos que empoderamiento es una mujer en una tarima con un micrófono. Pero yo sé que el empoderamiento verdadero respira distinto.

Amanece y ya hay una doctora en el hospital. Turno de 24 horas, medicinas que no llegan, pero ella sigue. ¿Y por qué sigue? Porque detrás de cada paciente hay una historia que ella decide no abandonar. Eso no es un título. Eso es alma.

En una cooperativa, una mujer mantiene la higiene. Nadie la aplaude, pero si falta un día, todo es diferente. ¿Cuántas veces hacemos falta sin que nos aplaudan? Ella nos enseña que lo esencial casi siempre es invisible.

En el círculo infantil, una educadora atiende a los niños, da la merienda, enseña la primera letra. Ella está construyendo personas. Y quizás nunca sepamos su nombre. Pero algún médico, algún poeta, saldrá de sus manos.

Mientras tanto, en una universidad, una profesora discute una tesis, corrige un examen, moldea cerebros jóvenes. Ella no solo enseña materias. Enseña a pensar. En un país como este, enseñar a pensar es un acto de rebeldía hermosa.

Afuera, en el campo, una campesina clava la guataca en la tierra dura. Sabe de sol, de sequía, de madrugadas. No se rinde. Ella nos recuerda que la comida no nace en el mercado. Nace del trabajo y la paciencia.

Hay otras. Las que cerraron la puerta un día y salieron con sus hijos de una casa donde un hombre las golpeaba, las humillaba, no apreciaba su valor. Empezaron de cero con una bolsa de ropa y el corazón roto. Pero empezaron. ¿De dónde sacaron las fuerzas? Nadie lo sabe. Pero lo hicieron. Eso es más valiente que cualquier medalla.

También están las madres que no duermen. Las que inventan con 500 pesos, las que pelean por una beca, por un zapato, por un futuro para los suyos. Ellas nos dan una lección, el amor no tiene horario ni presupuesto.

Así son las mujeres de Cuba. No hace falta decir maravilla. Basta con decir que existen. Caminan en la calle, están en todas partes, y van acompañadas con una sonrisa, a pesar de todo. Si me preguntan qué pienso, yo pienso que este país sigue en pie porque cada mañana ellas se levantan. Eso, con permiso de todos, es lo más parecido a un milagro cotidiano.

Dayamí Tabares Pérez
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