Cuando el verano aprieta y el sol parece convertir cada hoja seca en una chispa, el bosque nos recuerda su fragilidad. Un descuido, una fogata mal apagada, la quema de residuos o una colilla lanzada al suelo pueden ser suficientes para transformar en minutos un paisaje verde en una extensión cubierta por humo y cenizas.
Los incendios forestales no solo destruyen árboles y vegetación. También afectan a los animales, contaminan el aire, deterioran los suelos y ponen en riesgo a las comunidades cercanas. Cada árbol que desaparece representa menos sombra, menos vida y menos capacidad de la naturaleza para protegernos. Detrás de las llamas quedan ecosistemas dañados que pueden necesitar años para recuperarse.
Por eso, el Día Mundial de la Prevención de Incendios Forestales constituye una oportunidad para llamar la atención sobre un problema que, en buena medida, puede evitarse. La prevención comienza con conductas responsables: no realizar quemas sin las condiciones y autorizaciones establecidas, apagar completamente las fogatas, no arrojar fósforos ni colillas encendidas y comunicar de inmediato cualquier señal de humo o fuego.
En Cuba, durante los meses de mayor calor y sequedad, la vigilancia debe multiplicarse. La acción de los cuerpos especializados resulta indispensable, pero también lo es la participación de las familias, los trabajadores y las comunidades. Cuidar un bosque no significa solamente proteger árboles; significa defender la vida, los recursos naturales y el futuro.
Que este día no sea únicamente una fecha en el calendario. Que sirva para recordar que prevenir un incendio puede comenzar con un gesto sencillo, con una decisión responsable y con la conciencia de que apagar una pequeña chispa a tiempo siempre será mejor que combatir un gran incendio después. Porque cuando protegemos nuestros bosques, también protegemos nuestra propia casa: la Tierra.
Erica De la Nuez
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