Hace unos días, en San Antonio de los Baños, como en toda Cuba, muchos sintieron el golpe en el bolsillo cuando el precio de los cigarrillos volvió a subir. Y sí, el descontento es comprensible. Pero, ¿y si por un momento dejamos de verlo como un castigo y lo miramos como una señal? Una señal de que quizás ha llegado el momento de hacer lo que nuestra salud lleva años pidiéndonos a gritos: soltar ese veneno que llevamos a la boca por placer, pero que nos cobra factura con cada bocanada.
Porque fumamos, y lo sabemos, pero evitamos mirarlo de frente. Fumamos por costumbre, por ansiedad, por ese falso respiro que nos da el humo. Pero el cigarro no calma los nervios: los crea. No alivia el estrés: lo disfraza para que vuelva más fuerte. Y mientras tanto, nuestros pulmones, nuestro corazón, nuestra piel y hasta nuestra boca pagan el precio más alto: el de la salud perdida.
Dejar de fumar no es fácil, lo sé. Pero esta subida de precio puede ser el empujón que necesitábamos para empezar. Porque si antes un atado era un gesto automático, ahora es una decisión consciente. Y cada vez que pensemos en comprar, podemos pensar también en lo que ganamos si no lo hacemos: más oxígeno para el cuerpo, más sabor para la comida, menos tos por la mañana, menos riesgo de enfermedades graves y, claro, un dinero extra que podemos invertir en algo que de verdad sume.
Aprovechemos entonces este momento. No como una queja, sino como un punto de inflexión. Soltar el cigarro no es perder un placer; es ganar vida. Y en tiempos donde todo escasea, la salud es lo único que no deberíamos permitirnos malgastar.
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