La Villa de San Antonio Abad fue fundada el 22 de septiembre de 1794.

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Por: Lic. Alejandro Batista.

Si quisiéramos conocer cómo se veían aquellos primeros pobladores, tendríamos que remitirnos a las fotografías que aparecen en los textos de historia local o al Museo Municipal José Rafael Lauzán.

No vestían mal los habitantes de las villas cubanas, aunque su atuendo era más sencillo que en España. Si allá la moral, la pobreza industrial y las trabas aduanales impedían seguir las modas extranjeras, en Cuba esos factores deprimían más las posibilidades de excesos. Cada cual vestía con los adornos que su placer o su caudal les permitían.

Es un conjunto complicado de piezas. Camisa, jubón, calzas y calcetines entre los hombres. Camisa, jubón, refajo, varias sayas y guardapié entre las mujeres. Dentro de ese esquema, la variedad abunda.

El hombre lleva una capa, de la cual pende la espada o la daga. El traje holgado, con mangas y calzas acuchilladas, permite ver otro tejido interior. Completa su atuendo con sombrero de fieltro, de ala ancha y copa alta.

Las mujeres, con gorros o redecillas, se cubren la cabeza, según la ocasión. Remata el vestido unos zapatos de banda o cordobán, importados de Nueva España, que se ajustan al pie como guante. Se usan también las pantuflas y zapatillas de suela, y la gente de menos caudal, los zapatos de baqueta. Los negros y mulatos, apenas visten de manera alguna.

En el siglo XVIII es preciso prohibirles a las mujeres andar por las calles, a menos que lleven guardapiés, enagua, saya y camisa. El negro esclavo, por lo general, anda descubierto y sin zapatos. En algunos casos, poseían calzas de angeo o de carisea y camisa para las fiestas.

Como los tejidos más caros eran la lana y el lino, la gente más desprovista de recursos no podía adquirirlos. En definitiva, por esas contradicciones de la vida, los más humildes eran los que vestía de acuerdo con el clima tropical de Cuba.

El vestuario contribuye a caracterizar a quien lo porta. Denota su estatus social, su contexto histórico y puede realzar o decaer su apariencia física. Se usa para protegerse del clima, pero con el transcurso del tiempo, alcanza otras connotaciones.

El hombre transformó su jubón en una jaqueta larga y abierta. En los casos de lujo, con mangas integrales, rematadas con puños de paño fino y galón. Las calzas, ceñidas al muslo, cubren desde las rodillas hasta la cintura. Las medias, cuando se puede, son de seda, y los zapatos se adornan con hebillas o aditamentos metálicos.

Las mujeres, por su parte, mantienen las grandes líneas del vestuario. Su traje sigue siendo holgado, especialmente de la cintura para abajo. El corpiño, sin embargo, es muy ceñido y con escote libre. Todas las formas del cuerpo se dibujan en virtud de las cotillas y medias cotillas, antepasados del corsé. Es una época en que, además de parecer gruesa, la mujer quiere serlo. Por eso se mantiene en uso las enaguas y las sayas, que ayudan a engrosar el perfil de la cintura para abajo.

Hasta el siglo XVIII no hubo joyería de fantasía, aunque corrían entonces, como ahora, las imitaciones o falsificaciones. Se conocían poco las joyas. La moda influyó más en su diseño que en la calidad. Lo más frecuente eran las cadenas, brazaletes, aretes y sortijas de oro, con una especial afición al engaste de esmeraldas y diamantes.

En los primeros siglos de dominación colonial, la vestimenta usada en Cuba era muy parecida a la de España. No obstante, en la segunda mitad del siglo XVIII, la moda cambia, en gran medida, por la necesidad, que tuvieron sus usuarios, de adaptarla a nuestro clima tropical.

FUENTE: Fichas en poder del autor.

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