Cada año, el día 256 del calendario —número simbólico que representa la cantidad de valores distintos que se pueden representar con un byte— el mundo celebra el Día Internacional del Programador. Detrás de cada aplicación que abrimos en el teléfono, de cada trámite digital o de la música que escuchamos en streaming, hay mujeres y hombres que traducen lógica pura en soluciones cotidianas.

Para entender cómo se vive esta profesión en medio de los desafíos de conectividad, apagones y creatividad de la Isla, conversamos con Carlos Eduardo Benítez, a quien en el entorno del desarrollo local todos conocen como «El Guajiro». Ingeniero informático graduado de la UCI, apasionado del código abierto y actualmente Full Stack Developer en un proyecto de software libre.

Carlos, felicidades en tu día. Para empezar: ¿cómo termina un muchacho ariguanabense fascinado por unas líneas de texto verde sobre una pantalla negra?

Carlos Benítez: (Ríe) ¡Muchas gracias! Mira, en mi caso fue pura curiosidad de infancia. Mi primer contacto no fue una computadora de última generación; fue una de aquellas viejas Pentium III con monitor de tubo pesado en el Joven Club de Computación de aquí de San Antonio. Yo veía los videojuegos y me preguntaba: «¿Pero cómo se mueve ese personaje cuando yo aprieto la tecla?». Cuando descubrí que alguien tenía que escribir instrucciones lógicas para que eso pasara, me explotó la cabeza. Desde ahí supe que yo quería ser la persona que le da órdenes a la máquina.

En nuestro país se suele decir que el cubano «inventa un aire acondicionado con una lata de refresco». ¿Cómo se traduce esa inventiva criolla a la programación?

Carlos: Así es, es sencillo Adrian. Se traduce en pura resiliencia y optimización. Programar en Cuba te enseña a trabajar con recursos limitados. Un desarrollador en Silicon Valley a lo mejor no se preocupa si su script consume 2 Gigas de RAM o si la consulta a la base de datos tarda tres segundos porque tiene servidores infinitos y fibra óptica de un gigabit. El programador cubano tiene que hacer que el software sea ligero, eficiente y adaptable. Aquí aprendemos a programar offline, a memorizar documentación, a simular servidores locales en nuestra propia laptop y a optimizar cada kilobyte para que la aplicación funcione bien incluso con una conexión lenta de datos móviles. Ese «resolver» cubano nos vuelve desarrolladores todoterreno en cualquier parte del mundo.

Hablemos de la rutina diaria. ¿Cómo se programa entre un corte eléctrico, el calor del Ariguanabo y una taza de café?

Carlos: (Sonríe y señala su termo) El café cubano es el verdadero motor de búsqueda del desarrollador de la Isla; sin colada no hay algoritmo. Los cortes eléctricos nos han vuelto estrategas del tiempo. Uno aprende a sincronizar los horarios de trabajo con la carga de la batería de la laptop. Tienes que tener tu entorno local bien configurado, tus contenedores de Docker listos y la mente enfocada. Cuando vuelve la energía o la conexión, tiras el git push rápido a GitHub para subir los cambios. Es una dinámica de maratón, pero cuando logras ver tu código desplegado y funcionando a pesar de las interrupciones, la satisfacción es doble.

Muchos piensan que el programador es un ermitaño aislado del mundo que solo habla en lenguaje binario. ¿Es tan así?

Carlos: Adrian eso es un mito del cine de los 90. Hoy el software es una obra colectiva, es puro trabajo en equipo. Tú puedes ser un genio escribiendo sintaxis en Python o JavaScript, pero si no sabes comunicarte con tu diseñador, con el analista de datos o con el usuario final que no entiende de tecnología, tu programa no sirve de nada. La empatía es tan importante como la lógica. En la comunidad de desarrolladores cubanos hay mucha fraternidad: en grupos de Telegram o WhatsApp nos ayudamos constantemente. Si a alguien le da un error a las dos de la mañana, siempre hay otro «chiflado» despierto que te responde: «Oye, revisa la coma en la línea 45».

¿Qué es lo que más te motiva de programar para la sociedad?

Carlos: Ver la utilidad real de lo que haces. Cuando desarrollas una plataforma para un hospital local, o una aplicación de comercio electrónico que le ahorra a una embarazada hacer una cola de dos horas bajo el sol, ahí entiendes el impacto social del código. El software no son solo números; son soluciones para mejorar la vida de las personas.

P: Por último, Carlos: si tuvieras que darle un consejo a ese niño o joven que hoy está frente a su primera computadora y quiere aprender a programar, ¿qué le dirías?

Carlos: Le diría que no le tenga miedo a frustrarse. La programación es 90% buscar por qué algo no funciona y 10% celebrar cuando por fin camina. Les diría que sean curiosos, que aprendan inglés —que es la lengua franca de la tecnología—, que lean mucho código de otros y que nunca dejen de aprender. Las tecnologías cambian, los lenguajes pasan de moda, pero la capacidad de pensar lógicamente y resolver problemas complejos es un súper poder que nadie te puede quitar.

Gracias, Carlos. ¡Que el código compile a la primera y que el café nunca falte!

Carlos: (Ríe) ¡Amén a eso! Muchas gracias a ustedes y un abrazo a todos los colegas informáticos y desarrolladores en nuestro día.

Adrian Torres Rodríguez
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