En una era donde todos opinan y pocos investigan, donde la prisa le gana la batalla a la exactitud, ser periodista es casi un acto de rebeldía. Porque el periodismo no se construye desde un escritorio frente a una pantalla; se hace en la calle, se escucha a la gente, se huele el ambiente y se toca la realidad con las manos.
Hoy quiero hablar de la función del periodista. Esa función que va mucho más allá de redactar una nota o salir en cámara. El periodista es, ante todo, un testigo. Un testigo incómodo que debe estar donde otros no quieren estar, que debe preguntar lo que otros prefieren callar y que debe contar lo que otros intentan esconder.
En una sociedad como la nuestra, llena de matices, de gente que se levanta cada día a resolver, a inventar, a sobrevivir con ingenio, el periodista tiene una tarea inmensa: reflejar la vida tal cual es. La de la señora que madruga para coger un turno, la del joven que emprende, la del médico que opera con lo mínimo, la del campesino que siembra sin recursos.
Esa es la materia prima del periodismo: la gente de a pie. Y si el periodista no la escucha, si no convierte su pluma en una extensión de esas voces, entonces no cumple su misión.
La misión del periodista no es quedar bien con nadie. Es servir de puente entre lo que pasa y lo que la gente necesita saber. Es explicar, contextualizar, cuestionar con respeto y proponer con fundamento. Es ser leal en todo momento a su ética profesional y a la audiencia.
El periodista que se limita a reproducir lo que le mandan a decir, deja de ser periodista. Se convierte en un simple vocero. Y un vocero, por muy bien que hable, nunca genera confianza. Porque la confianza no se compra ni se decreta, se gana con hechos, con constancia y con credibilidad.
En estos tiempos, la gente busca información útil. Quiere saber qué pasa, por qué pasa y qué se puede hacer. Y ahí entra el periodista serio, el que se prepara, el que verifica antes de publicar, el que asume la responsabilidad de cada palabra.
Esa es la verdadera vocación: ser útil. Ser un profesional que aporte, que oriente, que haga pensar. Un profesional que no le tema a la pregunta difícil, ni a la respuesta incómoda, pero que tampoco se esconda detrás del anonimato o de la ambigüedad para tirar la piedra.
El periodista de estos tiempos no puede ser un simple espectador. Tiene que ser un actor comprometido con su tiempo, con su gente y con su oficio.
Yely Pupo
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