Son las 7:45 de la mañana en San Antonio de los Baños. El Banco de Sangre Iván Portuondo ya está en plena actividad. Su directora, Amarilis Valdez Cárdenas, revisa termos y refrigeradores. En quince minutos se abre la puerta, y con suerte, alguien cruzará ese umbral con la intención más generosa que existe: regalar vida sin saber a quién.

El teléfono suena. Es el 4938 2719. Una voz joven pregunta si puede donar. «Claro —responde la licenciada—, venga con su carné, en ayunas, y la orientamos».

Este banco nunca duerme. Funciona las 24 horas porque la sangre no espera: una emergencia de madrugada, una cirugía imprevista, una madre que sangra en el parto. Todo eso depende de que alguien, alguna vez, haya decidido donar.

A las 8:10 entra el primer donante. Hombre de 52 años, donante habitual. Interrogatorio médico, peso, presión, temperatura. Un pinchazo en el dedo confirma que la hemoglobina es suficiente. Luego, la extracción: 500 mililitros que inician su viaje. Merienda, comprobante, recomendaciones: beber agua, evitar esfuerzos físicos. Para los hombres, tres meses de espera hasta la próxima donación; para las mujeres, cuatro.

Lo que pocos ven ocurre después. La sangre se procesa, se separa en componentes y se almacena bajo estrictos controles. Si falla la corriente, dos paneles solares garantizan la conservación. Cuando un componente es liberado, viaja en un termo con temperatura controlada hacia tres hospitales: el Iván Portuondo, el Ciro Redondo de Artemisa y el Pediátrico de Guanajay. Lo transporta personal de salud, nunca un familiar. La cadena no puede romperse.

Sin embargo, Amarilis lo dice claro: el gran desafío es el stock. La mayoría de las donaciones son de tipo familiar, sangre que va directo al paciente. Un acto de amor invaluable, pero que no permite crear reservas. «Necesitamos que la donación sea un hábito comunitario, no un recurso de emergencia», insiste.

Afuera, un grupo del centro Batalla de las Guásimas espera su turno. Llegaron juntos y bromean sobre el pinchazo. Junto a ellos, trabajadores de la UBPC Simón Bolívar y de la empresa La Escogida. La excepción, por suerte, va camino de convertirse en regla.

Los grupos negativos son los más escasos, eso lo sabe cualquiera. Pero la verdadera urgencia no distingue tipos sanguíneos. La urgencia es de gestos. De que mañana, cuando suene otra vez el teléfono, haya alguien dispuesto a apretar el puño y regalar quinientos mililitros de esperanza.

Porque la sangre no se fabrica en ningún laboratorio. La pone usted.

Yely Pupo
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Por Yely Pupo