Tengo dieciséis años y a veces siento que debería llevar un cartel luminoso: «Cuidado: espécimen en extinción». Mis amigas me miran con una mezcla de ternura y condescendencia, como si todavía creyera en los Reyes Magos. «Tranquila, ya llegará», me dicen, y yo asiento mientras mojo una galleta en la leche preguntándome si de verdad espero a alguien ideal o simplemente me da pereza explicar que no tengo apuro.
En clase deslizo el móvil sin parar. Aparece un tutorial que promete enseñar a hacer las cosas «de manera perfecta». Después, un anuncio de condones. Luego, un reel que celebra la libertad sexual. Y justo después, uno que insulta a una chica por llevar un short corto. Todo junto, en el mismo espacio. Es como si la sociedad me gritara: «exprésate libremente», pero también «te vamos a juzgar si lo haces».
En las fiestas alguien siempre termina preguntando. Y yo sonrío, me hago la misteriosa, pero por dentro me asalta algo parecido al pánico escénico. No es miedo al dolor del que todas hablan, sino a la torpeza. A no saber mover las manos. A que mi cuerpo no responda como en esas películas que ellos han visto. Porque ellos han visto mucho porno. Demasiado. Y yo no quiero ser la actriz secundaria de una escena con gemidos de mentira y posturas imposibles. Quiero los besos torpes, la risa si algo sale mal, el «¿estás bien?» dicho al oído muy bajito. Algo que se parezca más a la vida y menos a una coreografía.
Leí que la generación Z tiene menos sexo que las anteriores. Me dio risa. Claro, cómo vamos a tener sexo si casi no nos tocamos sin la mediación de una pantalla. Somos la generación del like y del ghosting después de tres conversaciones intensas. Nos desnudamos el alma en audios de diez minutos, pero nos tiemblan las piernas al rozar una mano en el cine. En este mundo de prisas digitales, mi virginidad es casi un acto de resistencia. Un carné de identidad sin fecha de vencimiento.
Hay una abuela dentro de mí que me susurra: «No te entregues a cualquiera». Y luego está la adolescente que se muere por sentir mariposas, por saber a qué sabe ese misterio que las cantantes pop describen como una subida de adrenalina. Voy entre la idealización romántica y el pragmatismo más cínico. Pero ninguna de las dos me convence. No es una mochila pesada; es un sobre cerrado en el bolsillo. A veces pesa, a veces ni yo sé por qué no lo he abierto todavía.
Lo más loco no es ser virgen a los dieciséis. Lo loco es tener que justificarlo como si fuera un defecto de fábrica. Que si eres una monga, una aburrida, que si tienes miedo, que si nadie te ha querido. ¿Nadie piensa que puede ser simplemente una elección? Un «todavía no» que me pertenece solo a mí. Quizá el acto más rebelde hoy no sea acostarse con muchos, sino detenerse. Elegir con calma en un escaparate de cuerpos fugaces.
No sé cuándo pasará. Puede que sea mañana en una esquina de una fiesta aburrida, con un chico que me haga reír. O dentro de varios años, enamorada y torpe. Lo que sí sé es que cuando ocurra no será para «dejar de ser virgen». Será para empezar a escribir mi propia historia, con mi letra, con mi ritmo. Sin pedir perdón por no haberme apurado.
Hoy me miro al espejo y me gusta lo que soy: un bicho raro con las alas plegadas, esperando el viento justo. No el huracán. No la brisa que empuja por empujar. El viento justo. Mientras tanto, seguiré bailando sola en mi cuarto, que también es una forma de hacer el amor.
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