Valoro particularmente el énfasis en la atención primaria y comunitaria que hizo posible llevar servicios a zonas rurales y marginales. La red de consultorios del médico de la familia, las salas de nutrición y los programas de vacunación masiva disminuyeron drásticamente la mortalidad infantil y las complicaciones maternas. Esa cercanía del personal de salud con las familias no solo resolvió problemas clínicos, sino que también generó educación sanitaria, prevención y seguimiento continuo, algo que muchos modelos de salud fragmentados no logran sostener.
Sin embargo, mi juicio no es acrítico. El Programa Materno Infantil se desarrolló en un contexto político y económico específico que condicionó su sostenibilidad y su capacidad de adaptación. El énfasis en la centralización y en objetivos cuantitativos, aunque útil en las etapas iniciales de cobertura, a veces relegó discusiones sobre la calidad integral, la autonomía de las mujeres y la diversidad cultural en el abordaje obstétrico y pediátrico. Además, los recursos limitados por el bloqueo económico y la priorización estatal incidieron en la disponibilidad de medicamentos, equipamiento y en la renovación tecnológica, lo que impuso desafíos para mantener estándares internacionales a lo largo del tiempo.
Otro aspecto que considero relevante es la dimensión ideológica. El programa fue una manifestación de justicia social y solidaridad, pero también una herramienta de legitimación política.
Finalmente, desde mi perspectiva, el legado más significativo del Programa Materno Infantil es demostrar que las prioridades pueden reordenarse cuando existe voluntad política y compromiso social. La reducción de la mortalidad infantil y la ampliación de la atención materna son logros que deben celebrarse y protegerse. Pero para que esos logros perduren y se profundicen hace falta flexibilidad institucional, inversión sostenida, apertura a la crítica constructiva y atención a las voces de las propias mujeres y comunidades. Solo así un programa inspirado por una figura histórica puede evolucionar hacia una política de salud más participativa, resiliente y adaptada a las necesidades contemporáneas. En suma: admiro su impacto; creo que su mayor mérito fue demostrar que otro orden de prioridades es posible, y su mayor desafío es modernizarse sin perder la equidad que lo definió.
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