El Programa Materno Infantil en Cuba, concebido y promovido bajo la inspiración y liderazgo de Fidel Castro, representa una de las iniciativas más emblemáticas y debatidas de la revolución en materia de salud pública. Desde mi punto de vista, es un ejemplo poderoso de cómo la voluntad política, combinada con una estrategia pública de alcance nacional, puede transformar radicalmente indicadores sanitarios que en otros contextos tardaron décadas en mejorar. La prioridad otorgada a la salud de las madres y los niños demostró una visión preventiva y universalista: vacunar, atender el embarazo, controlar el crecimiento y desarrollo, y garantizar atención pediátrica temprana se convirtieron en ejes que no solo salvaron vidas, sino que también cimentaron confianza social en el sistema.

Valoro particularmente el énfasis en la atención primaria y comunitaria que hizo posible llevar servicios a zonas rurales y marginales. La red de consultorios del médico de la familia, las salas de nutrición y los programas de vacunación masiva disminuyeron drásticamente la mortalidad infantil y las complicaciones maternas. Esa cercanía del personal de salud con las familias no solo resolvió problemas clínicos, sino que también generó educación sanitaria, prevención y seguimiento continuo, algo que muchos modelos de salud fragmentados no logran sostener.

Sin embargo, mi juicio no es acrítico. El Programa Materno Infantil se desarrolló en un contexto político y económico específico que condicionó su sostenibilidad y su capacidad de adaptación. El énfasis en la centralización y en objetivos cuantitativos, aunque útil en las etapas iniciales de cobertura, a veces relegó discusiones sobre la calidad integral, la autonomía de las mujeres y la diversidad cultural en el abordaje obstétrico y pediátrico. Además, los recursos limitados por el bloqueo económico y la priorización estatal incidieron en la disponibilidad de medicamentos, equipamiento y en la renovación tecnológica, lo que impuso desafíos para mantener estándares internacionales a lo largo del tiempo.

Otro aspecto que considero relevante es la dimensión ideológica. El programa fue una manifestación de justicia social y solidaridad, pero también una herramienta de legitimación política.

Finalmente, desde mi perspectiva, el legado más significativo del Programa Materno Infantil es demostrar que las prioridades pueden reordenarse cuando existe voluntad política y compromiso social. La reducción de la mortalidad infantil y la ampliación de la atención materna son logros que deben celebrarse y protegerse. Pero para que esos logros perduren y se profundicen hace falta flexibilidad institucional, inversión sostenida, apertura a la crítica constructiva y atención a las voces de las propias mujeres y comunidades. Solo así un programa inspirado por una figura histórica puede evolucionar hacia una política de salud más participativa, resiliente y adaptada a las necesidades contemporáneas. En suma: admiro su impacto; creo que su mayor mérito fue demostrar que otro orden de prioridades es posible, y su mayor desafío es modernizarse sin perder la equidad que lo definió.

Miralys Mirabal Arguez
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