Esta persona que vemos en la imagen, cámara en mano, es José Antonio Ramos Valdés, durante la actividad de celebración del 43 aniversario de Radio Ariguanabo. José, como lo llamamos, fue operador de sonido en los años fundacionales.

“Nosotros hacíamos de todo y se trabajaba voluntario”, recuerda quien se sentó en aquella primera consola artesanal que tuvo la emisora en los primeros años de la década del 70. Su testimonio es un viaje a los días en que la radio se levantaba con el esfuerzo colectivo de quienes soñaron con ponerle voz a nuestro pueblo.

La primera transmisión se realizó en los altos de la antigua sede del Partido, en avenida 41. Luego se trasladó su estudio cerca del Parque del Humor, en un espacio reducido con una cabina pequeña, una consola básica y una fonoteca improvisada. La programación iniciaba a las 2 de la tarde hasta las 12 de la noche. “Cuando terminábamos las transmisiones por la noche y hasta las dos de la noche nos poníamos a grabar programas para el otro día”, cuenta José.

Los transmisores, fabricados con bombillos por Carmelo de Armas y otros técnicos eran completamente artesanales pero de gran potencia. “Inclusive la emisora se escuchaba hasta en la playa de Baracoa. Desde allá nos llegaron reportes de sintonía, recuerda con orgullo.

Entre los nombres que hicieron posible aquella aventura figuran Jesús Lino Barbón, Alberto Figueredo, los hermanos Arístides y Elías Saavedra, Enrique Valdespino, Enrique García, Arsenio Ruiz, Néstor Porras, Luis Cruz, Israel Bencosme y Pedrito Musibay, este último creador del programa «Cinta 38».

Los noticieros estaban a cargo de Enrique García y Enrique Valdespino, mientras que el espacio infantil «El Pionerito» lo conducía Dardo junto a su esposa Graciela, ambos actores de Los Cuenteros; y más tarde se incorporó su hija Malawy Capote. También había programas musicales y espacios dedicados al bolero, muy gustados por la audiencia.

El ingenio técnico fue parte inseparable de la experiencia. “Nosotros teníamos una grabadora de cinta que la parábamos con las manos en el momento que el locutor iba a anunciar una canción y enseguida soltábamos la cinta”, explica José. Con soluciones improvisadas lograban que casi nunca hubiera baches en el aire, manteniendo la calidad de la programación con equipos rudimentarios.

Aunque todo era voluntario, todo estaba organizado. “Había mucha seriedad respecto a los trabajos que se hacían”, afirma José. Incluso cuando faltaba un locutor, él mismo cerraba las transmisiones: “Me quitaba los zapatos, abría el micrófono y decía: ‘Estas notas nos indican que Radio Ariguanabo cesa en sus transmisiones en el día de hoy. Durante nueve horas hemos tratado de hacer amena o interesante su sintonía con nuestra frecuencia. Al agradecerle la atención que nos han podido dispensar, los invitamos a que nos escuchen nuevamente mañana a partir de las dos de la tarde. ¡Patria o muerte, venceremos! Luego ponía el himno nacional, asegurando que nunca hubiera silencio en el aire».

Con la llegada del ICRT, la emisora fue oficializada y muchos de los fundadores se dispersaron. José decidió no continuar en esa etapa, pero en los años 80 regresó como administrador y jefe de planta, liderando inversiones y reparaciones que modernizaron la emisora. “Después estuve trabajando de inversionista de toda la gran obra que se hizo en la emisora en todos los estudios y el sistema de reparación. Después quedo como jefe de planta hasta mi jubilación”, relata.

Radio Ariguanabo fue un proyecto colectivo que transmitió cultura, comunidad y compromiso. Ahí estuvo José Antonio Ramos, quien recuerda con orgullo pertenecer a los primeros que le pusieron sonido a las ondas del Ariguanabo. “Fueron muchos años, mucho trabajo, muchas horas de desvelo, como se dice. Porque no solo era operador de audio, ahí se hacía todo”, resume. Su voz nos recuerda que la radio, más allá de la técnica, es pasión y entrega, como lo ha sido para quienes estuvieron y los que trabajan actualmente en esta planta radial.

 

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