San Antonio de los Baños, Artemisa, Cuba. – Imagine por un momento a un muchacho de 16 años. Podría estar en un parque, en una fiesta o pegado al teléfono, como tantos. Pero este muchacho no está allí: está rodeado de libros de historia y frente a una pantalla llena de códigos que, para la mayoría, serían indescifrables.
Él tiene nombre y apellidos: Diego Darío Ortega Díaz. Próximamente representará a Cuba en la Olimpiada Iberoamericana de Informática, un certamen donde compiten algunas de las mentes más brillantes de América Latina, España y Portugal.
Pero no se equivoquen. Diego no es el típico genio informático de película, ese que solo respira códigos y números. Cuando lo conoces, te sorprende: te habla de historia con pasión, de filosofía, de política, de literatura. Él mismo lo dice con una sonrisa: «No sé ni por qué soy informático, no concuerda con mi tipo de persona».
Y sin embargo, los resultados están ahí. Formado en el prestigioso IPVCE Mártires de Humboldt 7, este ariguanabense acumula un palmarés que quita el aliento: medalla de oro en la Olimpiada Cubana de Informática 2025, multimedallista de oro en las copas regionales Inter IPVCE de 2024 y 2025, y miembro de la preselección nacional desde el año pasado. Ya sabe lo que es vestir la bandera cubana en este certamen, porque participó en la edición de 2025, y ahora repite como seleccionado para 2026. Por si fuera poco, conquistó una medalla de bronce en el clasificatorio para la Final Caribeña del ICPC, la competencia universitaria de programación más exigente del planeta.
¿Cómo se logra todo esto con apenas 16 años? Con disciplina, mucha disciplina. Diego estudia entre cuatro y ocho horas diarias mientras está en casa; en la escuela, dedica aproximadamente dos horas cada día, alternándolas con las actividades propias del centro. Pero atención a lo que dice este joven, porque encierra una madurez poco común: «Una competencia no es una zona de equilibrio en tu vida. Si quieres ser una persona integral cuando crezcas, tienes que estudiar dos o tres horas de una cosa y dos o tres horas de otra que te guste».
Y él predica con el ejemplo. Entre algoritmo y algoritmo, siempre encuentra un espacio para sus otras pasiones.
Detrás de cada logro, Diego ve rostros concretos. Agradece a su profesor de matemáticas, Otto Rosario, quien lo guía desde cuarto grado; al director de su escuela, Yankiel Urra, por darle tiempo y espacio para crecer; a Clubes de Programación Competitiva, un proyecto que, según recomienda, es la mejor puerta de entrada a este mundo en Cuba; y, sobre todo, a su familia. «Sin ellos, yo no sería nada —confiesa—. Son el factor más importante por el cual ahora mismo estoy en este concurso».
¿Y el futuro? Diego lo tiene claro. Se imagina lejos de las competencias, graduado de la universidad, con su propia empresa y creando soluciones con inteligencia artificial para el mundo real. «La programación competitiva es solo una etapa de transición», dice con una tranquilidad que asombra.
Pero antes de todo eso, hay una cita inmediata con la historia. Será el próximo 20 de junio, en una única y definitiva ronda online: cuatro problemas de altísima complejidad que deberá resolver en apenas cinco horas. Allí estará Diego, frente a la computadora, con el corazón puesto en una medalla. Los ariguanabenses lo seguimos con orgullo, convencidos de que este joven talento apenas comienza a escribir una historia que promete ser grande.
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