Hay hombres que parecen tener en sus manos la llave de la esperanza. El doctor ariguanabense Ángel René Elejalde Larrinaga es uno de ellos, maestro por naturaleza y artesano de la ciencia que salva. En los pasillos del Instituto Nacional de Oncología y Radiología (INOR) su presencia se reconoce no solo por la precisión con que empuña el broncoscopio, sino por la serenidad con que acompaña a cada paciente en la batalla contra el cáncer de pulmón.
En el INOR, Elejalde lidera la neumología intervencionista con una convicción clara: ganarle tiempo a la enfermedad. “La Clínica y la Tecnología tienen que ir de la mano”, repite, consciente de que cada imagen, cada biopsia mínimamente invasiva, es un paso hacia la esperanza. Su bandera es la medicina que no se rinde, incluso cuando la mayoría de los casos llegan en etapas avanzadas. Junto a un equipo multidisciplinario —donde también está Claudia, su hija y colega neumóloga— teje tratamientos personalizados y se suma al orgullo de los ensayos con CIMAVAX, la vacuna terapéutica contra el cáncer de pulmón que lleva huella cubana.
Pero a este hombre no lo define solo su currículo ni su empeño en aplicar inteligencia artificial para cuantificar lesiones pulmonares post-COVID-19. Lo inolvidable es su humildad: la consulta abierta en su casa para quien lo necesite, la enseñanza generosa que recuerdan sus alumnas de Honduras y Dominicana, y la emoción que lo desborda cada vez que habla de su “niña” Claudia. Detrás de cada guardia y cada tesis está también su esposa, profesora de Español, que le organiza el alma y le pule las palabras.
Ángel René confiesa que recibe más de lo que da. Tal vez por eso la vida lo devuelve como lo que es: un hombre de ciencia con corazón de pueblo, que apuesta por el relevo joven y demuestra, sin estridencias, que la verdadera felicidad cabe en el abrazo de una familia y en el aliento recuperado de un paciente.
Su historia se cuenta mejor en los gestos sencillos: en la respiración que vuelve, en la mirada agradecida de quienes lo escuchan y en la certeza de que la medicina, cuando se ejerce con amor, puede ser también un acto de poesía que deja, más allá de títulos y geografías: el guardián del aliento.
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