Hablar de Fidel Castro es hacerlo sobre muchos temas. De historia, de ideales, de momentos de tensión y también de grandes apuestas. Pero hay una faceta suya que quizás no siempre se menciona con la fuerza que merece: su obsesión por la ciencia.
Y cuando digo obsesión, lo digo en el mejor sentido de la palabra. No fue un científico de laboratorio, pero sí un visionario que entendió, antes que muchos, que el futuro de un país pequeño, bloqueado y con recursos limitados, solo podía sostenerse sobre dos pilares: la educación y la investigación.
Recuerdo aquella frase suya de que el futuro de Cuba tenía que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia. Y no era un eslogan. Fue una política de Estado. Él vio en la biotecnología, en la producción de medicamentos, en la vacuna, no solo una necesidad de salud pública, sino una carta de presentación al mundo.Y el mundo, con el tiempo, le ha dado la razón. Cuando hoy vemos ensayos clínicos cubanos, médicos colaborando en otros continentes o vacunas propias que salvan vidas, estamos viendo el fruto de una semilla que él ayudó a plantar en los años 80 y 90, en medio de las peores dificultades económicas.
Fidel no solo pidió resultados; pidió que los científicos fueran valientes, que investigaran sin miedo, que buscaran soluciones aunque parecieran imposibles. Esa visión, que algunos tildaron de utópica, hoy es una realidad tangible que enorgullece a cualquier cubano.
No se trata de idealizar, sino de reconocer que, gracias a esa apuesta constante por la ciencia, hoy tenemos profesionales de primer nivel, centros de investigación que son referencias mundiales y un sistema de salud que, a pesar de todo, resiste y avanza.
Fidel dejó claro que la ciencia no es un lujo, sino un arma de soberanía. Y en tiempos donde la salud es un bien preciado, recordar eso, es recordar el camino que nos trazó.
Para nosotros, los cubanos de a pie, eso significa que, cuando un familiar se cura con un medicamento hecho aquí, o cuando un niño recibe una vacuna innovadora, detrás de ese logro está la chispa de aquel que soñó con un país que cura y que enseña. Ciencia, conciencia y futuro. Fidel lo entendió así.
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