El calendario marca 17 de mayo y, aunque para muchos es una fecha más, para quienes creemos en la dignidad humana, es un recordatorio necesario. Hoy se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, una jornada que no solo nos invita a mirar hacia atrás para reconocer las luchas ganadas, sino a mirar hacia adelante, hacia el horizonte de una sociedad donde la diversidad no sea tolerada, sino celebrada como el tejido más valioso de nuestra convivencia.
Este año, el aire se siente distinto, especialmente en Cuba. Bajo el lema “El amor es Ley”, la XIX Jornada contra la Homofobia y la Transfobia ha tomado las calles, los centros científicos y los espacios comunitarios. No se trata solo de un eslogan; es la reafirmación de una conquista social que ha costado años de diálogo, de pedagogía y de valentía. Cuando decimos que el amor es ley, estamos diciendo que el afecto, en todas sus formas y expresiones, tiene el mismo peso jurídico y moral que cualquier otro pilar de nuestra sociedad.
Caminar por los espacios donde se desarrolla la jornada es ser testigo de una transformación silenciosa pero profunda. Se ven rostros diversos, se escuchan historias que antes permanecían en el susurro de la intimidad y que hoy se alzan con orgullo en paneles académicos y festivales culturales. Es emocionante ver cómo la ciencia y el arte se dan la mano para desmontar prejuicios. La discriminación, ese fantasma que ha intentado dividirnos durante tanto tiempo, se desvanece un poco más cada vez que una familia abraza a su hijo por lo que es, o cuando una comunidad entera decide que el respeto es la única norma posible.
La igualdad, como bien se dice estos días, no es un privilegio que se otorga, sino un derecho que se ejerce. Cada paso hacia la aceptación es un ladrillo más en el edificio de una sociedad más justa. A veces pensamos que los grandes cambios dependen de leyes escritas en papel, pero la verdadera revolución ocurre en el trato cotidiano, en la forma en que miramos al otro y en cómo validamos su derecho a existir plenamente.
La jornada en Cuba es un recordatorio de que la empatía es el antídoto más potente contra la violencia. Al celebrar la diversidad, no estamos simplemente defendiendo a un grupo específico; estamos defendiendo la libertad de todos. Porque, al final, una sociedad que excluye a alguien por su identidad es una sociedad que se empobrece a sí misma.
Hoy, mientras el sol de mayo ilumina esta jornada, nos queda la certeza de que el camino ha sido largo, pero la dirección es la correcta. Que el amor, efectivamente, sea la brújula que guíe nuestras leyes y, sobre todo, nuestros corazones. Porque donde hay amor y respeto, la exclusión no encuentra espacio para habitar.
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