La Organización de las Naciones Unidas (ONU por sus siglas) atraviesa hoy una paradoja definitoria: es más necesaria que nunca en un mundo de conflictos múltiples, pero sufre una crisis de credibilidad, financiamiento y eficacia que la deja atrapada en una suerte de «sala de trauma» institucional. No está en caída libre, pero tampoco sana. El panorama actual es desolador. El Secretario General, António Guterres, advirtió que conflictos como los de Gaza, Ucrania y Sudán están creando un efecto «El Niño» de la guerra: se alimentan mutuamente y sus consecuencias (inflación, crisis energética, hambre) golpean al mundo entero. A esto se suma la parálisis del Consejo de Seguridad, donde el veto de potencias como Rusia y EE. UU. impide respuestas efectivas, dejando a la ONU con la capacidad de contener daños, pero no de resolver las guerras. La asfixia financiera y el desafío de EE. UU.
La mayor amenaza interna es la presión de la administración Trump, que ha recortado fondos y exige una reforma profunda. Aunque EE. UU. pagó 725 millones de dólares para no perder su voto en la Asamblea, sigue debiendo más de mil millones y promueve un recorte del 15% del presupuesto y la eliminación de miles de puestos. Esta tensión financiera pone en riesgo la labor humanitaria y de paz en un momento crítico.
Frente a este cerco, hay un consenso casi unánime: la ONU debe cambiar o perderá toda legitimidad. El punto más álgido es la reforma del Consejo de Seguridad para incluir representación permanente de África y América Latina, una demanda calificada como «indefendible» de postergar. También se discute limitar el veto en casos de atrocidades masivas y modernizar la burocracia mediante la iniciativa «UN80′.
En medio de esta crisis, surge un desafío que la ONU intenta liderar: la gobernanza de la Inteligencia Artificial. Guterres ha pedido «barandillas» globales para evitar una catástrofe, advirtiendo que las decisiones de vida o muerte no deben delegarse en máquinas. Esto choca con la postura de Trump, quien minimiza los riesgos de la IA, generando una nueva fractura en la ya complicada cooperación internacional.
La ONU de hoy es un reflejo de un mundo fragmentado: intenta poner reglas a un poder que ya no las acata, mientras lidia con la indiferencia de las grandes potencias y la urgencia de millones que dependen de su ayuda para sobrevivir.
Dayamí Tabares Pérez
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