Juan Helmo Rodríguez López le decían en los papeles. Tapita le decíamos todos. Y así se quedó, con ese nombre corto y cariñoso que era como era él: sencillo, cercano, sin vueltas.
Vivió en San Antonio de los Baños. Y en su terraza, se armaba la conversación, el café, la música. Llegaba un vecino, llegaba un músico, llegaba un muchacho con ganas de aprender, y Tapita siempre tenía un lugar para todos. Nunca tuvo prisa. Nunca tuvo un mal gesto.
Su trompeta era su voz. Con ella fundó La Sonora de Cuba, siguiendo el camino de la Sonora Matancera, para que no se perdieran el bolero, el son, el chachachá. Dos trompetas, piano, bajo, tres, tumbadora y timbaletas. Y un repertorio que defendió toda la vida, porque sabía que estaba cuidando algo que valía.
Fue maestro. A muchos les enseñó. A Arturo Sandoval le dio la mano cuando era un muchacho soñando. Y cuando alguien le dijo que pudo haber estado en el Buena Vista Social Club, él no habló de sí mismo. Nombró a otros veteranos que también merecían. Así era Tapita.
Dirigió la Banda de Música de su pueblo. Fundó los Boleros de Oro. Dio clases durante años. Recibió premios, sí. Pero la gente no recuerda los diplomas. Recuerda su trato. Recuerda las tardes de música. Recuerda que trataba a todos por igual. Siguió al frente de su sonora hasta que pudo. La música era su vida.
Tapita murió un día de septiembre. Pero en San Antonio de los Baños todavía se habla de él con cariño. Todavía suena su trompeta en la memoria de quienes lo escucharon. Y cuando se junta la gente a hacer música, alguien dice: «esto lo hacía Tapita».
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