A finales de agosto de 1897, el sol sobre el oriente cubano no solo quemaba la piel; abrasaba la historia. La ciudad de Victoria de las Tunas —llamada así por la Corona española tras repeler anteriores ataques mambises— se erigía en medio de la llanura como una gigantesca e inexpugnable ciudadela de piedra, madera y alambre de espino.
Para el mando militar español, Las Tunas era un bastión inexpugnable. Para el Mayor General Calixto García Iñiguez, era el objetivo imprescindible para demostrar al mundo que el Ejército Libertador Cubano no solo dominaba la manigua, sino que poseía el genio militar y la artillería capaces de rendir las plazas más fortificadas del imperio.
Lo que aconteció durante seis agónicos días de agosto de 1897 no fue una simple escaramuza: fue una de las hazañas tácticas más brillantes de la Guerra de Independencia (1895-1898), una epopeya de pólvora, dinamita y valor que cambió para siempre el rumbo de la contienda.
Victoria de las Tunas no era una plaza cualquiera. España la había transformado en un complejo defensivo moderno y aterrador para la época:
• Más de 14 fortines circulares rodeaban el perímetro urbano, interconectados por kilómetros de trincheras y tupidas redes de alambre de espino.
• Edificaciones clave convertidas en fortalezas de mampostería: El Cuartel de Infantería, el Hospital Militar, la Iglesia y la Plaza de Armas estaban fuertemente artillados con cañones Krupp y ametralladoras.
• Una guarnición de más de 1 000 soldados españoles bien pertrechados y bajo el mando del teniente coronel español, resguardados tras muros preparados para resistir embestidas prolongadas.
Los oficiales españoles aseguraban que la ciudad podía resistir meses de sitio. Lo que no calcularon fue la capacidad organizativa y la astucia del «General de la Estrella en la Frente».
Calixto García, estratega metódico y estudioso del arte militar, comprendió que Las Tunas no se tomaría solo con el filo del machete y la carga de caballería. Se necesitaba fuego de artillería concentrado y coordinación milimétrica.
Bajo su mando reunió a cerca de 3 000 combatientes mambises, apoyados por una división de artillería dirigida por el coronel José Manuel Núñez y el jefe de Estado Mayor, Mario García Menocal. Entre su armamento destacaban los temibles cañones neumáticos de dinamita «Simba», capaces de lanzar proyectiles de alto poder destructivo sobre las sólidas paredes de mampostería.
En la madrugada del 25 de agosto de 1897, bajo el manto de la penumbra, las tropas cubanas cercaron la ciudad en un anillo de hierro. La suerte estaba echada.
El primer disparo y el avance imparable
Al amanecer del primer día de asedio, el silbido metálico de la artillería mambí rompió la tranquilidad de la guarnición española. Los disparos certeros destruyeron los primeros fortines exteriores. La sorpresa fue mayúscula: la infantería mambí avanzada no retrocedía; avanzaba metro a metro, cortando alambradas bajo una lluvia de plomo.
Para el tercer y cuarto día, la contienda se trasladó al corazón del entramado urbano. Se combatía en las calles, en los patios, abriendo boquetes en las paredes de las viviendas para conectar el avance. El aire de Las Tunas se volvió irrespirable: humo denso, olor a azufre, el retumbar incesante de la dinamita y el toque inconfundible del clarín mambí llamando a la carga.
Uno a uno cayeron los puntos fuertes: el cuartel de caballería, la tejaría, las posiciones avanzadas. Los sobrevivientes españoles se replegaron desesperados en el edificio del Telégrafo y el Cuartel de Infantería, asfixiados por el cerco y el calor aplastante de finales de agosto.
El 30 de agosto de 1897, tras seis días y seis noches de combate ininterrumpido, la resistencia española colapsó. Con la ciudad destruida, sin suministros de agua y con la artillería cubana apostada a tiro de piedra del último reducto, el mando peninsular levantó la bandera blanca.
La victoria cubana fue absoluta:
• Se tomaron más de 1 200 fusiles Mauser y Remington, casi un millón de cartuchos, piezas de artillería, medicinas y abundante avituallamiento militar que fortaleció al Ejército Libertador en todo el Oriente.
• Más de 700 prisioneros de guerra fueron capturados.
La hidalguía de Calixto y la decisión del fuego
En un gesto que demostró la estatura moral de la Revolución Cubana, Calixto García garantizó el respeto absoluto a la vida y dignidad de los prisioneros de guerra y heridos españoles, entregándolos posteriormente a la Cruz Roja, en marcado contraste con la brutalidad del método represivo de la reconcentración impuesta por el capitán general español Valeriano Weyler.
Consciente de que mantener la ciudad ocupada exigía tropas que se necesitaban para la ofensiva y que España intentaría reconquistarla, Calixto tomó una decisión drástica y militarmente irreprochable: ordenar la quema de la ciudad. Las Tunas ardió en llamas para que sus ruinas no volvieran a servir de fortaleza al colonialismo.
«Preferimos ver a Tunas reducida a cenizas antes que verla de nuevo convertida en baluarte de nuestros opresores.»
— Mando Mambí, Agosto de 1897.
La lección política y militar
La Toma de Las Tunas en 1897 tuvo un impacto demoledor que resonó en Madrid y Washington:
1. Demostró la madurez militar mambisa: Probó que el Ejército Libertador no solo era una fuerza guerrillera de emboscada, sino un ejército regular capaz de planificar y ejecutar operaciones combinadas de gran escala con artillería pesada.
2.Golpe mortal a la política de Weyler: La caída de Las Tunas, sumada a la toma de Guáimaro y poco después a la de Guisa, demostró el fracaso total de la estrategia del general Valeriano Weyler, precipitando su destitución meses más tarde.
3. Aceleró la independencia: Fue el catalizador estratégico que convenció a las potencias extranjeras de que la victoria cubana sobre España era una cuestión de tiempo inevitable.
Las ruinas sobre las que se fundó la Patria
Hoy, al recorrer las modernas calles de la ciudad de Las Tunas, resulta sobrecogedor imaginar que bajo sus cimientos descansa la memoria de aquellos seis días de agosto de 1897.
La toma y quema de Las Tunas por las tropas del Mayor General Calixto García permanece en la historiografía nacional como una demostración de genio táctico, heroísmo sin límites y convicción libertaria. Aquel humo que se levantó hacia el cielo tunero hace más de un siglo no fue señal de derrota, sino la pira sagrada donde se forjó la definitiva independencia de Cuba.
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