En enero de 1953, la noche habanera se iluminó con el fuego rebelde de cientos de jóvenes. No era una caminata cualquiera: era la Marcha de las Antorchas, una ofrenda viva en el centenario del nacimiento de José Martí. Aquellos muchachos bajaron desde la Universidad hasta la Fragua Martiana para decirle a la tiranía que el Maestro no era una estatua de bronce, sino una idea encendida. Esa generación, la Generación del Centenario, no se limitó a recordar a Martí: decidió encarnarlo.
Aquella luz no se apagó. Seis meses después, el 26 de julio de 1953, el ideario martiano se hizo acción definitiva en el asalto al Cuartel Moncada. El joven Fidel Castro, al ser juzgado, proclamó que el autor intelectual de aquella gesta era precisamente José Martí. En su alegato La historia me absolverá, no solo denunció los males de la República; también reveló el programa revolucionario contenido en el pensamiento del Apóstol: tierra para el campesino, pan para el desposeído, independencia plena para la patria. El Moncada fue la prueba de que el sacrificio no es estéril cuando se funda en el amor y la justicia.
Tras la prisión y el exilio, aquellos jóvenes no desertaron. Regresaron en el yate Granma y se internaron en la Sierra Maestra. Allí comenzó el drama heroico de la Sierra y el llano, donde el ideario de Martí se hizo cotidiano. En la montaña, el combatiente alfabetizaba al niño campesino, curaba al herido enemigo y compartía su escaso alimento, porque “con todos y para el bien de todos” dejaba de ser una frase para convertirse en ley revolucionaria. Mientras, en el llano clandestino, otros jóvenes arriesgaban sus vidas tejiendo redes de resistencia, convencidos de que “las trincheras de ideas valen más que las trincheras de piedra”.
Esa simbiosis entre la Sierra y el llano, guiada por la ética martiana, demostró que una revolución hecha por jóvenes de dignidad profunda era invencible. La moral del Ejército Rebelde, que prohibía el robo y honraba al adversario caído, reflejaba el precepto martiano de que “Patria es humanidad”. Cada avance territorial, cada acción de las milicias urbanas, era un eco de aquel ideal de fundar una república libre, culta y soberana.
Finalmente, el primero de enero de 1959, el drama se transformó en alborada. La caravana victoriosa que avanzó hacia La Habana no era solo un ejército: era todo un pueblo que había hecho suyo el sueño inconcluso de Martí. Aquellos jóvenes del centenario, que empezaron con antorchas en la oscuridad, demostraron que el ideario martiano no es un recuerdo, sino una fuerza viva que, cuando prende en el alma de la juventud, es capaz de derribar imperios y conquistar el futuro.
Foto del avatar

Por Yely Pupo

Deja una respuesta