Existe un libro de particular y hondo interés para quienes nacieron, respiran y habitan en esta tierra ariguanabense; un texto imprescindible que reúne más de cuatro décadas de búsqueda apasionada y rescata los orígenes de la villa de San Antonio Abad, hoy San Antonio de los Baños. El artífice de este magnífico empeño fue José Rafael Lauzán, hijo ilustre nacido un 23 de diciembre de 1911. Aunque graduado de Ingeniero Eléctrico, supo tender puentes hacia la luz de la memoria colectiva cuando, en 1938, el ayuntamiento municipal lo nombró Historiador Oficial de la Ciudad, alta encomienda que desempeñó con devoción absoluta durante sesenta años, hasta el final de sus días.

A través de las más de doscientas páginas de su trascendental obra, Historia Colonial Ariguanabense, publicada en 1994 tras cuarenta años de rigurosa investigación, Lauzán nos entrega la llave para redescubrir nuestra propia casa. En las primeras hojas de este volumen, el autor dejó grabada una verdad imperecedera: «Es muy necesario conocer la historia, pues mal va quien no sabe de dónde viene». Lauzán acaso no imaginó que su libro se convertiría en el mapa definitivo de nuestros orígenes, un recorrido que viaja desde el léxico y la presencia de las comunidades aborígenes hasta aquel 4 de diciembre de 1898 en que las tropas mambisas, conducidas por el Comandante Tito Yllera, hicieron ondear por vez primera la bandera de la estrella solitaria en suelo ariguanabense.

En este libro asombroso se halla la explicación de cómo una comarca rural alcanzó prestigio y esplendor. En sus páginas se lee sobre los densos montes y los suntuosos cafetales fomentados por la emigración francesa; sobre las aguas transparentes y místicas del río a las que se atribuyeron virtudes curativas, prodigio que impulsó la afluencia de tantas personalidades y motivó el cambio de nombre del poblado; y sobre

el linaje de condes, marqueses, reyes y príncipes que frecuentaron palacios y casonas. Lauzán documentó allí el levantamiento de obras cumbres: la Iglesia, el Cuartel del Ayuntamiento, el Casino Español y el Círculo de Artesanos. No obstante, el historiador esquivó la mirada complaciente: su texto deja testimonio del calvario de los campesinos durante la reconcentración de Weyler, de la extenuación de los cortadores de maderas preciosas destinadas a los astilleros y del sudor anónimo que levantó el ferrocarril.

Quien se adentra en Historia Colonial Ariguanabense descubre una joya en cada capítulo. Es en este libro donde se revela la estancia infantil de Ignacio Cervantes, quien aprendió en la villa sus primeras lecciones de piano; los diez años de ilustres tertulias en la morada de Gómez Colón, descendiente del navegante; la estatura intelectual de Tranquilino Sandalio de Noda; y la hondura de Julio Rosas, elogiado por José Martí y recordado como el maestro de la juventud de su tiempo. Es también en esta obra donde encontramos las huellas de Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena en el antiguo Círculo de Trabajadores.

Resulta imposible resumir en pocas líneas la inmensidad del legado de Lauzán, un hombre que entregó su existencia a salvaguardar nuestras raíces. Historia Colonial Ariguanabense es un tesoro que debiera reposar en las manos de cada hijo de esta comarca, pues solo conociéndolo se afianza el orgullo, el sentido de pertenencia y el amor por la identidad local. Hoy, este libro se erige no solo como un monumento de tinta y papel, sino como una llamada de auxilio y un escudo moral: la memoria viva que nos recuerda de dónde venimos para no perder el rumbo de lo que somos.

Janet Pérez Rodríguez