Amanece y la brisa se cuela por las persianas de la cocina apenas iluminada por la luz del alba. Lucía, lleva el pelo recogido con una liga y el delantal que le regalaron hace un año. Se seca el sudor de la frente y aviva las brasas de la leña con un pedazo de cartón. Hoy habrá flan de calabaza piensa- mientras saca la leche en polvo que guardó para una ocasión especial. Aunque el calendario no le asegura tregua se ha empeñado en que sus hijos despierten con el olor de su postre preferido. Ella es madre soltera. Entendió que los cuentos de príncipes valientes no la salvarían y prefirió ser su propio escudo y espada. Se gana la vida como maestra y en las tardes da clases particulares; pero hoy no hay aulas, pizarras o tizas. Hoy celebra su mayor conquista: ¡ser madre!.

El pequeño, de seis años, llega primero.
Mami, ¡felicidades! dijo al escapársele un bostezo largo, le regala una postal que se inventó con una hoja rayada.

La niña, sostiene una rosa de papel que aprendió a hacer en la Casa de Cultura.
Mami, hoy mi hermano y yo seremos quienes te cuidemos a ti sentencia al darle la flor y un beso en la frente.

Por segundos se le quiebra la voz, pero contiene la emoción y los abraza. Ella es maestra y sus alumnos la quieren con un cariño que desborda. Pero su verdadera escuela es su casa, donde enseña a dividir un pan en tres, a multiplicar la alegría cuando el apagón calla la tele, a conjugar el verbo compartir hasta en los días más grises. No tiene quien la sostenga cuando el cansancio llega, más que sus propias fuerzas. Lucía, sabe que cocinar en un reverbero con un chorrito de aceite, remendar uniformes a la luz de una vela o explicar con frijoles las matemáticas no la hace la mejor madre, nadie le enseñó a serlo. Se sientan apretaditos en el sofá después de almorzar, como si la casa fuera un barco y ellos sus tripulantes. El niño le pregunta con esa inocencia que desarma:

Mami, ¿tú estás triste porque no tienes regalos bonitos?

Ella le acaricia la cabecita, le quita un granito de arroz de la comisura de los labios y responde:

Mi vida, yo tengo los regalos más grandes que existen en este mundo: ustedes.

La niña le teje en el pelo una trenza china y el niño duerme en la hamaca, Lucía se permite ese instante de paz que tanto le niega la prisa cotidiana. Se queda mirando las fotos de sus padres, el diploma de maestra que cuelga de la pared. No necesita títulos que le recuerden quién es; le basta ver a sus hijos crecer limpios y buenos para sentirse una mujer realizada. Sabe que cada día sin rendirse es una medalla que le nace en el pecho.

En el viejo sillón Lucia les hace un cuento de princesas que se salvan así mismas; la tenue luz de una vela no opaca esa hermosa imagen familiar, los tres se ríen de la oscuridad, porque no existe oscuridad alguna que apague la luz de una madre.

Foto del avatar

Por Yely Pupo