En la ciudad azucarera de Media Luna, donde el doctor Manuel Sánchez Silveira y Acacia Manduley levantaron su hogar en 1913, nació Celia Sánchez Manduley, una mujer destinada a convertirse en figura esencial de la historia cubana. En aquella casa, rodeada de sus ocho hermanos, vivió hasta 1940, cuando fue trasladada con su padre a Pilón. Allí, Celia conoció de cerca la pobreza y la injusticia, y se forjó en ella una sensibilidad política que la llevaría a abrazar las ideas de José Martí y a vincularse desde joven a la lucha popular.
El fallecimiento temprano de su madre la acercó aún más a su padre, hombre culto y comprometido con el Partido Ortodoxo. Con él aprendió a mirar la realidad de su pueblo y a entender que la política debía ser un instrumento de transformación. Tras el golpe de Estado de 1952, Celia se involucró en organizaciones insurreccionales y fue de las primeras mujeres en empuñar las armas. Destacó por su papel decisivo en los preparativos del desembarco del Granma, donde organizó a campesinos en Manzanillo junto a Frank País.
En la Sierra Maestra, Celia fue incansable. Integró el pelotón Mariana Grajales, formado por mujeres combatientes, y se convirtió en apoyo constante de Fidel Castro y de los guerrilleros. Su compañera Teté Puebla recordaría años después cómo Celia nunca descansaba, pendiente de cada detalle, de cada necesidad de los combatientes y del propio Fidel.
Tras el triunfo de la Revolución en 1959, Celia mantuvo un bajo perfil público, pero su influencia fue enorme. En 1962 fue nombrada Secretaria del Consejo de Ministros y más tarde Ministra de la Presidencia. Hasta su muerte en 1980, ejerció como Secretaria del Consejo de Estado y diputada por Manzanillo. Su legado más duradero fue la creación de la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado, fundada en 1964, donde preservaba la memoria de la lucha insurreccional, consciente de que la historia debía ser resguardada para las generaciones futuras.
Hoy, su casa natal en Media Luna es museo, testimonio de una vida marcada por la entrega y la fidelidad a la causa revolucionaria. Celia Sánchez Manduley no solo fue combatiente y dirigente, sino también guardiana de la memoria de un pueblo en lucha.
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