La historia de la medicina en Cuba está escrita con letras de oro, pero también con el sudor y el sacrificio de quienes, desde el anonimato de las salas de hospital, han sostenido la vida con sus propias manos. El 3 de junio no es una fecha elegida al azar; es un recordatorio solemne de que la enfermería es, antes que una profesión, un apostolado. Fue en 1924 cuando la Asociación Nacional de Enfermeras de la República de Cuba (ANERC) decidió, con absoluta justicia, instituir este día como el Día de la Enfermería Cubana, eligiendo el natalicio de Victoria Brú Sánchez como el símbolo eterno de esta labor.
Victoria Brú Sánchez (1876-1918) no fue solo una enfermera; fue una heroína de la humanidad. Su nombre quedó grabado en la memoria de Cienfuegos y de toda la nación durante la devastadora epidemia de influenza de 1918, enmarcada en la terrible pandemia de gripe española que azotó al mundo. En aquel contexto de incertidumbre y muerte, donde el miedo solía paralizar a muchos, Victoria se mantuvo firme al pie de la cama de los enfermos. Su entrega fue total, sin importar el riesgo de contagio ni el agotamiento extremo. Entregó su propia vida en el cumplimiento de su deber, convirtiéndose en el ejemplo más puro de lo que significa la abnegación: poner el bienestar del prójimo por encima de la propia existencia.
Honrar la enfermería es, por tanto, un ejercicio de gratitud colectiva. Esta profesión es un tejido complejo donde se entrelazan cualidades físicas, intelectuales y morales. No basta con la pericia técnica para administrar un fármaco o realizar una cura; se requiere una salud mental inquebrantable, una sensibilidad humana a flor de piel y una capacidad de amar que desafíe incluso los entornos más hostiles. La enfermería exige una generosidad que no conoce límites, donde el cansancio se vence con la convicción de que cada paciente es una vida que vale la pena salvar o, al menos, dignificar.
La labor de enfermería es el acompañamiento constante en el ciclo de la vida. Es una presencia silenciosa pero poderosa que se encuentra en los extremos de la existencia humana. El enfermero es quien recibe al recién nacido, brindándole el primer contacto, el primer calor y el primer cuidado en un mundo nuevo. Pero también es quien permanece en la penumbra de la habitación, sosteniendo la mano de quien atraviesa sus últimos instantes. Es el profesional que brinda el último aliento a los moribundos, ofreciendo un consuelo que va más allá de la medicina: es el alivio del alma, la presencia que asegura a quien parte que no está solo en su tránsito final.
Enfrentar dolencias penosas, enfermedades crónicas o diagnósticos incurables requiere una conciencia especial. Es ahí donde la excelencia técnica se funde con la calidad humana. Ese «cuidado» del que hablamos no es solo un procedimiento, es un compromiso moral. La enfermería cubana, heredera de la estirpe de Victoria Brú, ha demostrado a través de los años que su fuerza reside en esa combinación de ciencia y ternura.
Hoy, al conmemorar esta fecha, no solo recordamos a una mujer que dio su vida por los demás, sino que celebramos a todos aquellos hombres y mujeres que, con vocación y entrega, mantienen encendida la llama de la esperanza. La enfermería es el corazón del sistema de salud, el pilar que sostiene la vida cuando esta se vuelve más frágil. Honrar a nuestras enfermeras y enfermeros es reconocer que, gracias a su sacrificio, el mundo sigue siendo un lugar donde el dolor encuentra alivio y la vida, un acompañante incansable.
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