El sol de agosto cae con una intensidad particular sobre los techos de zinc y los patios interiores. Es una fecha marcada en el calendario global, el Día Internacional contra el Dengue, pero para quienes vivimos en zonas donde el zumbido del *Aedes aegypti* es un recordatorio constante, esta jornada es mucho más que una efeméride: es un llamado a la supervivencia y a la responsabilidad colectiva.

Desde temprano, el aire se siente denso. En cada esquina, la conversación gira en torno a lo mismo: los casos febriles que han aparecido en la cuadra, la última fumigación que pasó por la calle o el consejo de la vecina sobre cómo mantener los tanques de agua bien tapados. Es curioso cómo un insecto tan pequeño, apenas una sombra alada, es capaz de alterar la calma de toda una comunidad. El dengue no es solo una enfermedad; es un desafío que pone a prueba nuestra capacidad de organización y nuestro compromiso con el entorno.

La crónica de este día se escribe en los patios. Allí donde la maleza intenta ganar terreno o donde un simple neumático viejo, olvidado bajo la lluvia de la tarde, se convierte en una cuna silenciosa para miles de larvas. La ciencia es clara: la fumigación es un alivio momentáneo, un parche necesario, pero la verdadera batalla se gana con el cepillo y el jabón. Es en el acto cotidiano de lavar las paredes de un recipiente donde realmente estamos dando el «jaque» al mosquito. Ese esfuerzo minúsculo, repetido por cientos de familias, es lo que construye un escudo epidemiológico.

A lo largo de la jornada, se escucha el ajetreo de las brigadas de salud. Son personas que, bajo el mismo sol abrasador, recorren casa por casa, no solo para aplicar químicos, sino para educar, para mirar donde otros no quieren ver y para insistir en que la casa es el primer frente de batalla. Hay una mezcla de cansancio y determinación en sus rostros. Saben, quizás mejor que nadie, que el mosquito es un oportunista que aprovecha cualquier descuido, cualquier recipiente con agua estancada que dejamos al azar.

Al caer la tarde, la reflexión se vuelve inevitable. El Día Internacional contra el Dengue nos recuerda que la salud pública no es una entidad abstracta que depende únicamente de los hospitales o de las campañas gubernamentales; es un tejido que se sostiene con las acciones de cada uno. La prevención es, en última instancia, un acto de amor hacia el vecino, hacia los niños que juegan en el parque y hacia los ancianos que son más vulnerables.

Cuando la noche llega y el silencio se apodera de San Antonio de los Baños, queda la satisfacción de haber revisado cada rincón. El dengue nos enseña, a golpe de realidad, que nuestra casa no termina en la puerta, sino que se extiende a todo lo que nos rodea. Mantener el patio limpio es cuidar la vida. Y mientras la luna se refleja en los tanques bien tapados, sabemos que hemos ganado un día más, manteniendo a raya la amenaza y protegiendo el bienestar de todos nosotros.

Yely Pupo
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Por Yely Pupo