Fue en 1986. Un miércoles de verano caluroso y a la vez húmedo, de esos en que La Habana huele a salitre y a sábanas recién lavadas en los balcones.

Raúl llegó al círculo infantil, sin el séquito que correspondía a un Ministro de las FAR. Iba de verde olivo, como siempre. Para aquel entonces tenia 55 años, ese día parecía tener todo el tiempo del mundo. Recorrió el jardín, las áreas de juego, la cocina. Preguntó por el pan, por la leche, por los horarios de los trabajadores. Y luego entró a la sala de los más pequeños.

Allí, entre juguetes e infantes de 4 años se detuvo frente a una niña de pelo rizo y ojos expresivos que acunaba en sus bracitos a una muñeca de trapo, de pelo amarillo y tez rosada, de esos juguetes que llegaban de Europea. Raúl observó a los demás niños y reparó en un detalle: las muñecas que encontraba a su paso, en los estantes, en las manos de otras criaturas, eran todas iguales. Rubias, rosadas.

Alzó la muñeca, la observó unos segundos y se la devolvió a la pequeña con cuidado. No dijo nada en ese instante. Pero al terminar el recorrido, se reunió con los directivos del círculo y lanzó una pregunta que tiempo después aún seguiría repetiéndose años tras años entre colegas del sector educativo:

—¿Y las muñecas negras, las mulatas? no veo muñecas negras.

No fue un comentario al pasar. Aquella sugerencia fue el germen de lo que meses después se convertiría en una línea de producción de muñecas negras y mulatas en una fábrica de Centro Habana. Un detalle que puede parecer menor, pero que en la Cuba de los años ochenta era casi una declaración de principios.

La visita duró poco más de cuatro horas. Raúl se despidió en la puerta del círculo, bajo el sol del mediodía. La directora junto a la cerca lo vio alejarse en un carro verde, aquella mañana sintió que había presenciado algo más que una inspección. Tiempo después, cuando las primeras muñecas de tez canela llegaron, recordó la pregunta del Ministro y entendió que a veces los cambios más duraderos empiezan con una simple observación, dicha sin estridencias, a la luz de una sala repleta de niños.

Yely Pupo
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Por Yely Pupo