En la memoria de nuestro país, octubre de 1963 marca el punto de partida de una doctrina que salva vidas frente a la furia de la naturaleza. Flora, un ciclón que descargó cuatro días de lluvia torrencial sobre el oriente del país y dejó afectaciones humanas, encontró al comandante Fidel Castro en la primera línea de combate. Se le vio sobre tanquetas anfibias, rescatando personalmente a damnificados atrapados en los techos y hasta nadando en las zonas más inundadas.
De aquel desastre surgieron las dos columnas sobre las que se sostiene la prevención en Cuba. La primera fue la decisión de represar los ríos, construir presas y embalses, y canalizar las aguas para que las inundaciones no volvieran a ser sinónimo de tragedia.
La segunda fue la institucionalización de la Defensa Civil, fundada apenas un año antes de Flora y reforzada después con un sistema de alerta temprana. Fidel entendió que la preparación también es un deber político, porque el gobierno existe para proteger a su gente. Ese principio se materializó en los ejercicios Meteoro, nacidos tras el paso del huracán Cake y que cada año movilizan a todo el país en un ensayo general para la temporada ciclónica.
Aquel impulso inicial del comandante no se ha diluido con el tiempo. Sin embargo, debemos comprender que el legado más profundo no está en los ejercicios ni en las obras hidráulicas, sino en la cultura de prevención que posee la población. Fidel insistió en que la naturaleza no se controla, pero las vidas se salvan con organización y disciplina.
Esa convicción —la de que cada comunidad, escuela y zona de defensa sabe qué hacer y dónde ir— es, quizás, su herencia más duradera.
Maybeline Matamoros Álvarez
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