El código QR está ahí, pegado en la pared, grande o chiquito y plástico. Uno lo ve y piensa: aquí se puede pagar por transferencia. Pero no. Ese QR, en no pocos establecimientos, es puro adorno. Y entonces empieza la escena que ya todos conocemos.
Uno entra a comprar lo más simple, lo cotidiano, lo que uno asume que ya no debería ser un problema pagar. Saca el teléfono temeroso, abre la aplicación, y pregunta como quién ya sabe la respuesta ¿Acepta transferencia?. Y viene ese silencio que pesa. Como si uno hubiera dicho una mala palabra. “No, no, eso no”. “No hay conexión”. “El código no sirve”. “La tarjeta está llena”. O simplemente la frase: “es con 25% de recargo”.
¿Para qué está el QR entonces? ¿De adorno? ¿Para la foto? ¿Para decirle a los inspectores que se tiene, pero no usarlo? Porque preguntar a un actor económico si te puede aceptar el pago por transferencia, aun cuando tiene el código QR puesto en su establecimiento, es casi como implorar un favor. Uno no está pidiendo nada extraordinario. Está pidiendo pagar, que le acepten su dinero.
Y si lleva efectivo, cuidado. Porque ir a comprar un producto con determinada cantidad de billetes de a diez o de a veinte ya es casi un error. Le preguntan si no tiene uno mayor, y al mucho llorar del cliente te lo logran aceptar.
Y el billete de a cinco es prácticamente inservible. No lo puedes usar para comprar los productos necesarios. Parece un recuerdo, un papelito que ya nadie quiere, pero que sigue siendo dinero. Sigue siendo el fruto del trabajo de alguien.
Ese problema afecta al pensionado que recibe su pago en billetes pequeños. Afecta a las ama de casa. Afecta al trabajador, al joven, al vecino que sale con lo justo, y también aquel trabajador que aún cobra en efectivo.
Porque el dinero está para circular, no para ser rechazado. El billete de baja denominación es dinero. La transferencia es una forma de pago. Si el comercio tiene el QR puesto, debe aceptarlo. No es un favor, es un servicio y una necesidad.
Ojalá que pronto pedir una transferencia o pagar con un billete de baja denominación no sea como decir una mala palabra. Ojalá que la bancarización sea una puerta abierta al avance y no continúe convirtiéndose en un problema de no parar. Y que el dinero, todo el dinero, sirva para vivir.
Maybeline Matamoros Álvarez
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