Hay palabras que suenan frías, como «inocuidad de los alimentos». Pero vengo a hablarte de lo que esa palabra significa en la vida real, en la vida de nosotros, los que nos levantamos a cualquier hora para preparar la comida.
Para mí, la inocuidad se parece al amor de una abuela que lava el arroz con el mismo esmero con que acaricia a sus nietos. Se parece al muchacho del mercado que selecciona el mango perfecto, porque sabe que detrás de ese comprador hay una familia que confía en lo que él vende.
Se parece al olor de un hogar donde se cocina sin prisa, con el piso barrido y el paño limpio. Se parece a la vecina que te dice: “Hierve bien eso, que con estos calores se te puede echar a perder”. Eso también es inocuidad: sabiduría heredada, escudo silencioso.
En el fondo, es la confianza con que un niño se lleva la cuchara a la boca sin preguntar, porque sabe que lo que le han preparado es limpio y bueno. Es un acto de respeto: por quien cultiva, por quien cocina, por quien se sienta a tu mesa. Cuando limpias, separas lo crudo de lo cocido o no rompes la cadena de frío, estás diciendo sin palabras: “me importa tu salud”.
No necesitamos grandes tecnologías, sino memoria, conciencia y cariño. Porque un alimento que no hace daño es un derecho, pero un alimento preparado con amor, además de inocuo, nutre el alma y te recuerda quién eres.
Últimas entradas de Yely Pupo (ver todo)
- Lo que no se ve, pero se siente - 7 de junio de 2026
- La muñeca negra - 6 de junio de 2026
- La historia de una mujer que pedalea contra el tiempo - 3 de junio de 2026

