Imagina que vas caminando por la calle y alguien te silba. O vas en un transporte y un desconocido te susurra algo al oído. O llegas al trabajo y el director te hace un comentario sobre tu cuerpo. ¿Te parece normal? Pues en nuestro país, mucha gente lo acepta como parte del día a día. Pero esto tiene nombre: es acoso callejero y laboral. Y aunque nuestras leyes ya lo condenan con artículos muy claros, la cultura todavía no lo erradica.

La Constitución de 2019, en su artículo 40, dice textualmente: «la dignidad humana es el valor supremo que sustenta el reconocimiento y ejercicio de los derechos». O sea, nadie puede pisar tu dignidad, ni en la calle ni en tu centro de trabajo.
El Código Penal cubano, Ley 151 del 2022, en su artículo 327.1, señala que se castiga a «quien afecte los derechos laborales de una persona mediante su acoso directo o indirecto». Y el artículo 328.1 habla de «la lesión maliciosa de los derechos del trabajo… incluidos los que se producen por motivos discriminatorios».
El tipo de acoso más común es el verbal y el gestual. O sea, el piropo no deseado, el comentario obsceno, la mirada que incomoda.
¿Y por qué pasa esto? Porque en la cultura popular, el piropo se confunde con el cumplido. En el trabajo, la humillación repetitiva se excusa como «carácter fuerte». Y cuando una persona quiere denunciar, el miedo a represalias o la frase «no vale la pena» la detienen.
Las leyes existen, pero solas no cambian la mente de la gente. Hace falta educación en las escuelas, en los barrios, en los colectivos laborales. Mientras un silbido en la calle se reciba con risas cómplices, y un comentario ofensivo en la oficina se minimice con un «no pasa nada», ninguna norma será suficiente.
Por eso, la próxima vez que veas o sufras acoso, recuerda: no es un halago, no es un chiste, no es «cosa de cubanos». Es una violencia que la ley ya condena. Ahora falta que tú y yo la dejemos de normalizar.
Maybeline Matamoros Álvarez
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