Por: Dr. C. Hernán Yglesias Villar
A veces no reparamos en ello. Hablamos, escribimos, respondemos mensajes, improvisamos una conversación en la esquina o en la casa. Las palabras salen con naturalidad, pues han estado ahí desde “el principio de los siglos”, y quizás esa sea una de las causas por las cuales no siempre las cuidamos.
El idioma es una de esas realidades que parecen eternas hasta que comienzan a desgastarse en lo cotidiano. No ocurre de golpe. Sucede poco a poco, en abreviaturas innecesarias, en frases mal construidas, en la prisa por decir sin pensar demasiado cómo se dice.
El español, lengua que comparten más de 500 millones de personas en el mundo, es hoy uno de los idiomas más hablados a nivel global. No es solo un medio de comunicación, es también una forma de entender la realidad, de nombrarla, de darle sentido.
Sin embargo, su riqueza no se sostiene sola. Depende del uso que le damos cada día.
En la escuela enseñan las reglas. En los libros se cuida la forma. Pero es en la vida diaria donde el idioma se transforma, se adapta, se mezcla. Y ahí, en ese movimiento constante, también aparecen los descuidos.
No se trata de hablar perfecto, como si cada frase tuviera que pasar por un examen. Se trata, más bien, de respetar lo que el idioma nos ofrece: claridad, precisión, belleza.
Porque cuando el lenguaje se empobrece, también se empobrece la manera en que pensamos. Los especialistas coinciden en que el dominio del idioma influye directamente en la capacidad de comprender, analizar y expresar ideas.
Lamentablemente, cada vez crece el uso de las frases soeces, conocidas como “malas palabras”, una de las formas más rápidas de empobrecer el idioma, y con ello, la capacidad de pensar y analizar de las personas.
Y eso no es un detalle menor.
Hoy las nuevas tecnologías han cambiado la forma en que nos comunicamos. Los mensajes breves, las redes sociales, la inmediatez. Todo invita a decir mucho en poco tiempo. A veces demasiado rápido. En ese ritmo, el idioma pierde matices, se simplifica, se reduce.
Pero también es cierto que cada generación aporta lo suyo. El lenguaje evoluciona, incorpora palabras, se renueva. Esa transformación es natural. Lo que no debería perderse es el deseo de expresarse bien.
Cuidar el idioma no es rechazar lo nuevo. Es saber usarlo sin renunciar a la claridad, sin olvidar las estructuras que permiten entendernos.
En Cuba, donde la oralidad tiene tanta fuerza, el idioma se vive con cercanía. Se mezcla el ingenio popular con la herencia cultural, las frases hechas con la creatividad cotidiana. Es una riqueza que merece atención.
La radio, por ejemplo, ha sido históricamente una escuela de lenguaje. Desde sus micrófonos se aprende a pronunciar, a construir ideas, a comunicar con intención. Cada palabra que sale al aire tiene un peso, una responsabilidad.
Porque lo que se dice, llega.
Y lo que se repite, se queda.
Tal vez por eso vale la pena detenerse, de vez en cuando, y escuchar cómo hablamos. Cómo escribimos. Cómo usamos ese idioma que nos acompaña desde siempre.
No para corregirlo todo. No para volver rígido lo que es vivo. Sino para cuidarlo. Porque en cada palabra hay algo más que sonido. Hay historia, identidad, pensamiento.
Y, al final, también hay una forma de decir quiénes somos.
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