Hay jubilaciones que saben a punto final. Y hay otras que saben a coma. Una pausa para tomar aire, para mirar atrás, y luego… volver a empezar.

Esa mañana, Elena guardó sus libros en una caja de madera. Los mismos que usó durante cuarenta años para enseñar a sumar, a leer, a soñar. Cerró el aula con la misma llave con la que la abrió siendo una joven de veintidós años. Se fue en silencio, con el eco de los recreos aún en los oídos. Pero la historia, como los buenos maestros, nunca termina en la última página.
A los tres meses, la volvimos a ver. No con el libro en la mano, sino con una taza de café humeante y un delantal con florecitas. Su nieta, la nueva maestra de primer grado, había pedido ayuda. Y ahí estaba Elena, no como titular, sino como sombra. Como esa abuela que acomoda los lápices, que calma los llantos, que susurra al oído del niño que no entiende: «Tranquilo, corazón, yo te explico».
Ser maestro no es un oficio, es una condición. Esa entrega que no entiende de relojes. Ese sacrificio de madrugadas y cuadernos corregidos a la luz de la lámpara. Pero ahora, desde la banca de atrás, Elena no enseña matemáticas. Enseña lo que no viene en los planes de estudio: enseña paciencia. Enseña presencia. Enseña que la mejor preparación para la vida no es saber mucho, sino saber estar.
Sus manos, ya con manchas de la edad, vuelven a señalar el pizarrón. Pero ahora no escriben ecuaciones. Escriben gestos. Una caricia en el hombro. Una palmada en la espalda. Una mirada que dice: «Yo creo en ti». Esa es su nueva lección. La más importante.
Y así, Elena se jubiló dos veces. La primera, de la escuela. La segunda, del cansancio. Porque volvió para recordarnos que los maestros nunca se van del todo. Solo cambian de pupitre.
Para la abuela de la crónica y para todas las Elenas que vuelven a empezar.
Dayamí Tabares Pérez
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