San Antonio de los Baños, Artemisa, Cuba. – En el Ariguanabo existe un lugar donde los objetos no están muertos y las paredes susurran historias. El Museo Municipal José Rafael Lauzán, antes que una institución, es una casa. Y toda casa que se respete guarda sus propios fantasmas.
Quien mejor conoce sus entrañas es Estela Pérez Fernández, quien dedicó más de tres décadas a dirigir este rincón. Estela no habla como quien recita un catálogo; habla como quien ha escuchado sus crujidos nocturnos y ha tenido que lidiar con lo que la razón no siempre explica.
«Lo confieso: cada vez que escucho a Estela contar estas cosas, siento que el museo me guiña un ojo. Ella es de las que bajan la voz y te hacen cómplice de lo que no está en los expedientes. Así da gusto.»
En una de las salas, Elvira —museóloga con ciertos dones para percibir lo invisible— describía con precisión escalofriante a una anciana que deambulaba por allí. La descripción coincidía con Lolita Gutiérrez, la última moradora de esa vivienda, ya fallecida. Elvira llegó a temerle a las guardias en soledad. Al final, hubo que recurrir a alguien entendido en esos asuntos del espíritismo para que Lolita pudiera descansar en paz y Elvira pudiera recorrer el museo sin temores.
Pero los fantasmas no son los únicos misterios. Durante años circuló el rumor de que bajo el pavimento de una de sus salas se ocultaba una fortuna. Estela nunca permitió que nadie levantara el piso. Prefirió conservar el enigma intacto. Quizás porque intuye que un museo sin misterios es solo una bodega con objetos viejos.
«Yo tengo mi teoría: creo que Estela sabe más de lo que cuenta. Y no me extrañaría que debajo no hubiera monedas de oro, sino algo todavía más raro. En este pueblo, una aprende a no subestimar ninguna leyenda.»
Y hay otra historia que ronda la esquina, justo donde una tarja recuerda a Rafael Valdés Pérez, asesinado por la espalda. Un vecino, ya fallecido, contó que de niño vio aquella escena. Ahora esa memoria queda flotando entre la calle y el museo, como un eco que se niega a desaparecer.
En la sala de los bomberos se exhibe la querida bomba «Ariguanabo». Aquella máquina estuvo a punto de ser llevada para La Habana. «Estela, no dejes que se la lleven, porque no la recuperarás nunca», le advirtió Felo, y ella lo escuchó. Ese carro vale hoy más que cualquier pieza de oro.
Al cruzar el patio se llega a la sala que atesora porcelanas rescatadas por el curioso Ministerio de Bienes Malversados. Ahí brillan jarrones que decoraron mesas de familias que ya no están, salvados del olvido gracias a Pedro Felipe Hernández Mederos.
«Mire, le soy sincera: yo entro a esa sala y se me pone la piel de gallina. Una siente que cada tacita está cargada de conversaciones que ya nadie escucha. Eso no lo explica un cartelito. Eso hay que sentirlo.»
Pero este museo no vive solo de lo que fue. Tiene un aula donde se dan clases de verdad, un puente vivo con las escuelas. Los pioneros pueden ver fragmentos de vasijas aborígenes que estudian en sus libros. Ese roce con el pasado vale más que cien lecciones en pizarra.
Visitar este museo es asomarse a una casa donde penó Lolita, donde un piso guarda quizás un tesoro y donde Estela Pérez Fernández dedicó su vida a convencernos de que la memoria, cuando se cuenta bien, es la más fascinante de las aventuras.
Yely Pupo
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Por Yely Pupo

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