La Revolución cubana es herencia de la tradición histórica de nuestros héroes y mártires. No comenzó en 1959. Viene de 1868, de la carga al machete de Céspedes, del genio de Martí, del bronce de Maceo. Es el mismo río que corrió por la manigua y luego por la Sierra.
El 26 de julio de 1953 no fue un disparate. Fue la continuación de esa historia. Moncada fue el grito que despertó conciencias. Allí cayeron jóvenes como Abel Santamaría, y otros sobrevivieron para llegar al Granma. La lucha en las montañas, con Fidel y el Che, con Camilo y Raúl, no inventó nada nuevo: retomó el sueño de una patria para todos.
Cada mártir tiene nombre. Cada caído dejó un pedazo de su alma en esta tierra. Por eso la Revolución no es una idea abstracta. Es la sangre derramada en la alfombra del Cuartel, es la radio transmitiendo desde la manigua, es el fusil que defendió Playa Girón.
Defender la Revolución es el más alto honor de los cubanos. No porque lo diga un eslogan, sino porque es defender lo que ellos soñaron y construyeron con sus vidas. Es defender la escuela que no existía, el hospital que no había, la dignidad que nos quitaron.
Honrar a los héroes es seguir adelante. Es no rendirse. Es recordar cada día que la patria se defiende con trabajo, con unidad y con la verdad de que, sin Revolución, no seríamos nada. Ser cubano, hoy, es eso: llevar en el pecho el nombre de los que cayeron y la certeza de que venceremos.
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