Corría septiembre de 2005. El mundo aún intentaba asimilar la devastación que el huracán Katrina había dejado a su paso por Nueva Orleans, en los Estados Unidos. En medio de ese escenario de dolor y urgencia, en La Habana, una voz se alzaba con una visión distinta sobre lo que significa ser una nación. El 19 de septiembre de ese año, Fidel Castro fundaba el Contingente Internacional de Médicos Especializados en Situaciones de Desastres y Graves Epidemias «Henry Reeve».
Pero, ¿quién fue Henry Reeve para darle nombre a tal contingente? Fue un joven neoyorquino que, apenas con 19 años, cruzó el mar para luchar por la libertad de Cuba en las guerras de independencia del siglo XIX. Se convirtió en el «Brigadier Henry Reeve», el «Inglesito», un símbolo de hermandad internacionalista donde un extranjero daba su vida por una causa que no era la suya, pero que abrazó como propia. Ese mismo espíritu de entrega sin fronteras fue el que inspiró el nacimiento de este contingente.
Desde su creación, el «Henry Reeve» no nació para quedarse en casa. Se formó con una misión clara: ser un ejército de batas blancas, dispuesto a desplegarse en cualquier rincón del planeta donde el dolor humano reclamara auxilio. Ya fuera ante terremotos, huracanes o epidemias silenciosas, estos profesionales no preguntaban ideologías ni fronteras; preguntaban dónde estaba el paciente que necesitaba salvarse.
La verdadera grandeza de un país, y esto es algo que esta crónica busca resaltar, no se mide por sus reservas de oro, por su poderío militar o por sus rascacielos. Se mide, sobre todo, por su capacidad de dar cuando más le hace falta al prójimo. Mientras muchos Estados centraban sus esfuerzos en la defensa armamentista, Cuba demostró que la mejor defensa de un pueblo es su humanidad.
Han pasado los años, y el contingente ha dejado huella en Pakistán tras el terremoto de 2005, en Haití, en África durante la lucha contra el Ébola, y más recientemente, en tantos países durante la pandemia de COVID-19. Cada una de estas misiones ha sido una prueba de que, cuando se pone la ciencia y el corazón al servicio de la vida, se rompen los bloqueos más altos.
Hoy, recordar aquel 19 de septiembre es celebrar la idea de que la solidaridad no es un acto de caridad, sino una herramienta de justicia. Es entender que somos, en esencia, una sola familia humana. Y aunque las tormentas puedan ser fuertes, la luz de estos médicos siempre ha demostrado que, con voluntad y amor, ninguna noche es eterna.
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