Cada 13 de octubre se conmemora el Día Internacional para la Reducción del Riesgo de Desastres, una fecha que invita a mirar más allá de la emergencia y a reflexionar sobre todo lo que podemos hacer para anticiparnos a ella. No se trata únicamente de recordar huracanes, inundaciones, incendios, sismos u otros fenómenos. Se trata, sobre todo, de reconocer que la prevención, la preparación y la solidaridad pueden salvar vidas y reducir los daños.

Un desastre no depende solo de la fuerza de un fenómeno natural. También influye el grado de exposición de las comunidades, las condiciones de las viviendas, el estado de la infraestructura, el acceso a información confiable y la preparación de las personas. Por eso, reducir el riesgo exige trabajo constante antes, durante y después de una emergencia.

Prepararse comienza con acciones sencillas, pero importantes: conocer las orientaciones de la Defensa Civil, identificar las rutas de evacuación, asegurar puertas y ventanas, mantener a mano documentos y medicamentos, proteger a niñas, niños, personas mayores y personas con discapacidad, y evitar compartir rumores o información no confirmada. Cada familia puede elaborar su propio plan y conversar sobre qué hacer ante los distintos riesgos.

También es fundamental que las instituciones y las comunidades trabajen juntas. Mantener limpios los desagües, cuidar los bosques, respetar las zonas de riesgo, fortalecer las construcciones y organizar ejercicios de preparación son medidas que ayudan a disminuir la vulnerabilidad. La prevención no es una tarea exclusiva de especialistas: involucra a gobiernos, centros laborales, escuelas, medios de comunicación y ciudadanía.

En Cuba, la experiencia ante fenómenos meteorológicos ha demostrado el valor de la preparación y la respuesta organizada. Sin embargo, cada evento trae nuevos desafíos. El cambio climático, el crecimiento urbano y las afectaciones a la infraestructura hacen necesario revisar continuamente los planes y aprender de cada experiencia.

Conmemorar este día significa asumir que la seguridad es una responsabilidad compartida. La alarma temprana, la información clara y la colaboración vecinal pueden marcar la diferencia. No podemos impedir todos los peligros, pero sí podemos prepararnos mejor para enfrentarlos. Reducir el riesgo empieza con una decisión diaria: informarnos, cuidarnos y proteger también a quienes nos rodean.

Adrian Torres Rodríguez
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