«Un hombre maduro con una mujer joven se ve interesante, poderoso, rejuvenecido; pero una mujer madura con un hombre joven se ve ridícula, desesperada» ¿No lo han oído?
Hay frases que a veces nos descubrimos diciendo y sin pretenderlo, somos parte de esa lanza sin filo que señala, enjuicia y condena.

Pensemos en él: un hombre canoso, con una sonrisa de quien ha vivido mucho y de éxito además . A su lado, una chica a la que dobla en edad. La imagen nos llega edulcorada por décadas de cine, literatura y poder. El viejo lobo de Wall Street. La sociedad ha aplaudido estas prácticas; un trofeo viviente que habla bien de su vitalidad como hombre.

Ahora giremos el cuadro: misma escena, pero los papeles invertidos. Ella, con una expresión que habla de muchas batallas libradas y lecciones aprendidas. Él, con esa energía típica de su juventud. De inmediato, todo cambia. ¿No es así ? Ella es una “asaltacunas” y él, un “vividor” o alguien que “necesita una madre en vez de una pareja”. Lo que en un caso es conquista, en el otro es un intento de aferrarse a una juventud que ya se fue.

¿Por qué nos cuesta tanto trabajo, casi físico, aplicar el mismo lente? Me atrevo a pensar que el problema no está realmente en la estética, sino en que la mujer deja de ser objeto pasivo de deseo para convertirse en sujeto activo del mismo.

Un hombre mayor que busca jovencitas confirma la regla de siempre: él sigue siendo el que elige, el que posee. Una mujer que hace lo mismo rompe con lo establecido por la sociedad. Se atreve a desear con una pasión que creíamos extinta, y lo hace, además, fuera del redil de lo “apropiado”. Ahora no solo es madre, abuela o una señora respetable, sino una mujer que subversivamente, está viva.

Pero hay algo más profundo, ¿no será que este rechazo habla más de nuestros propios miedos que de la realidad de esas parejas? Miedo a que el amor y el deseo no tengan edad. Una idea tan hermosa como aterradora, porque nos obliga a cuestionarnos.

Y aquí es donde quiero detenerme. Cuando nos sorprendemos juzgando a esa mujer, cuando sentimos ese chispazo de incomodidad casi automático, ¿qué estamos defendiendo? ¿Acaso una regla que nadie firmó? ¿O será el miedo a reconocer que ese juicio dice más de nuestras propias ataduras que de la vida ajena? Porque es muy fácil señalar cuando no entendemos sus interioridades. No existe un manual que diga cuáles latidos valen y cuáles no.

Propongo hacer un ejercicio: mira a esa pareja, la de ella mayor y él joven, no como una enfermedad sin cura, sino como un enigma. ¿Qué ven el uno en el otro que no vemos nosotros? ¿Qué conversación tienen a las tres de la mañana? ¿Qué les hace reír? ¿Qué consuelo encuentran en ese abrazo que desafía nuestras estrechas matemáticas emocionales?

Quizás, la belleza de esa imagen no resida en cómo se ven, sino en lo que son desde adentro. Y si esa decisión nos escandaliza o nos incomoda, es tal vez porque el espejo no esté frente a nosotros, sino dentro. Ahí, justo donde no nos atrevemos a mirar con la valentía con que ellos se han atrevido a vivir. Porque, al final, ¿no será que lo único realmente fuera de lugar es nuestro propio prejuicio?

Desafiar la mirada que condena es una invitación a cuestionar los sesgos que dictan cómo debe verse el amor cuando la edad es una barrera.

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Por Yely Pupo