Giraldo Alayón García dedicó su vida a los arácnidos. Curador en Cuba, científico de una larga trayectoria, profesor que sembró vocaciones donde otros solo veían aulas vacías.
Yo lo conocí en persona. Tenía 79 años y compartíamos risas y chistes, porque era un hombre muy afable, bueno, de trato cálido. Su sabiduría impresionaba; de esas personas que no presumen lo que saben, pero lo dejan ver en cada conversación. Muy querido en su localidad.
Junto a Silvio Rodríguez, promotor incansable, levantó la Fundación Ariguanabo. Y desde entonces su nombre y el río fueron uno solo. Defensor del Ariguanabo, lo llamaban. Y él respondía con hechos: jornadas de limpieza, denuncias valientes, charlas con pescadores, niños y vecinos.
Su pasión por las arañas nunca opacó su amor por el agua. Estudiaba quelíceros y telarañas. Pero también soñaba con un río limpio, de aguas cristalinas como se conoció, como lo conocimos, como lo conocieron los hijos de este terruño.
Se nos fue Giraldo. Quedan sus publicaciones, sus alumnos, la fundación. Y queda el río, que hoy murmura su nombre. Decimos adiós por ahora porque su legado queda en quienes tuvimos el privilegio de conocerle.
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