María tiene nueve años y una libreta llena de dibujos con mariposas. Corre por la calle con los zapatos gastados, pero en su mirada brilla un futuro que nadie debería apagar. Sueña con ser doctora, con salvar vidas, con escribir su historia sin que nadie la limite.
El 11 de octubre no es una fiesta. Es un recordatorio de que la risa de María, y la de millones de niñas, es un acto de resistencia. Es la música que se niega a ser silenciada.
Este día está escrito con las manos que aprenden a leer a escondidas, con los pies que recorren kilómetros hacia la escuela, con el coraje de decir “no” cuando el mundo exige sumisión. Es una crónica de ternura y de fuego.
He visto niñas dibujar en la arena la casa perdida, cargar mochilas más pesadas que sus sueños, levantar la mano para preguntar lo que nadie se atrevía. En cada una arde una llama capaz de incendiar la indiferencia.
El Día de las Niñas no es para que ellas agradezcan. Es para que pidamos perdón: por cada techo de cristal roto, por cada “eso no es para niñas”, por cada silencio confundido con obediencia. Y es para comprometernos a escribir su historia con la tinta indeleble de sus derechos.
Hoy quiero decirle a María, y a todas las niñas: el mundo es suyo. La calle, la ciencia, el arte, la política, el cielo. Todo les pertenece.
Que esta fecha sea un himno, no un lamento. Que cada risa de niña sea reconocida como la música más revolucionaria que existe. Porque cuando una niña ríe, aprende y se sabe dueña de su destino, florece la semilla más poderosa de esperanza.
Y ojalá pronto no necesitemos este día, porque cada jornada será suya, será nuestra, y su risa nunca más tendrá que pedir permiso para existir.
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